La somos

Ahí estamos, somos eso
el fin del principio
el camino hacia el fin
la foto del principio

todo somos
la huella del viento, la mentira del tiempo
la nada
que duró tan poco
y creó lo que somos
para desintegrarse
suicida
a sí misma

vamos solos, vamos juntos
cada uno en su momento
cada uno
solo
en su tiempo

somos la savia que muere
en la lava el volcán
somos el destino prefijado (redundancia necesaria)

no hay más manera
de ser lo que somos
no hay más manera de entendernos
que mirándonos
desde el destino

la causa y el efecto somos
y el efecto de la causa del efecto
seremos
que también, vida imperceptible
ya somos

del mismo instante partimos
y miramos
juntos, y solos
al mismo instante

somos la reacción en cadena
de todo lo que somos
eterna, transparente a nosotros
que inconscientes de ella
no la vemos, no la sentimos
no la creemos
pero siempre la somos.

Clona

La sombra de la luna
el brillo penetrante por la hendija y castiga
la luz que nunca se calla
y otra vez la telaraña, enredada en mi Zama

La canción perdida entre paredes viejas
el grito acunado por tu espanto
un perro moribundo que suspira
y el silencio venerado, después del llanto

Sube el canto a la cima
se anuda en mi cuello
baja el cielo y cobija
el pecho solo y sangrado

El sol de un viejo maya
calienta la poesía
la frase nunca dicha
la curva de un olvido más
que cierra los ojos, pero impide soñar.

La piedra

Mientras la piedra, inerte, se derrite
las ansias crecen
los ojos estorban
las manos tiemblan.

Cuando la piedra sea agua
no habrá más ansias
los ojos mirarán sólo hacia adentro
y las manos serán rocas, eternamente cruzadas.

Ilusas

…los anfitriones sacaban hábilmente la comida de la heladera, como si nada pasara, sin tocar las cabezas y sin mirarlas, tal vez por acostumbramiento, haciendo de cuenta que no estaban, o ignorándolas a propósito. Eso nos contagiaba y fingíamos igual indiferencia. Impregnados de tal realidad nos sentamos a la mesa, muy bien servida, al vino fresco y la comida lista, comensales indiscretos conversando de todo menos de ellas, insolentes cabezas cristalinas, que seguían ahí, cercanas, inquietas, pregonando atención toda vez que se abría la heladera, suplicando con los ojos, pegadas a nosotros, insistiendo, al principio constantes, luego con menos obstinación, presentes, pero a cada momento un poco más lejos, como yéndose despacio, como que la falta de miradas las llevaba lentamente al fondo, a un fondo invisible, a ir escondiéndose bien profundo en el hielo, en un fondo sin tiempo ni vida, ni día ni noche, hasta no me acuerdo cuándo y hasta ya no estar más que en nuestros sueños, lejanas, atemporales, a vivir solo en el recuerdo difícil que nos quedó de ellos, de ellas, del frío y de sus muecas, y perpetuarse únicamente en las preguntas que me hago, y que cada uno de los que almorzó allí ese día se hará siempre, hasta creernos que ya no están, y que nunca estuvieron, hasta hacernos carne en la mentira que nos inventamos, hasta callarlas y callarnos a nosotros mismos; cabezas inútiles, soberbias, ilusas, que alguna vez creyeron, al igual que nosotros, que las daríamos por vivas.

Mirá

Mirá el esclavo, que no escapa de su ira
mirá su mano, como se tuerce y no llega
los ojos sucios pegados al espejo
mirá, mirá como mira, y no ve nada.

Pobre esclavo adormecido
miralo como se consume y se vacía de sueños
mirá como pide perdón sin razón, con temor
pobrecito, miralo sin lástima, miralo con despecho.

Mirá sus piernas pidiendo coraje
su boca queriendo gritar fuerte, y mirá
como la cierra cobarde, temblando
con miedo al dolor, al pasto, al olvido.

Mirá al esclavo, mirá su pecho
qué poco se infla, y ya casi no bombea
mirá como pierde, la cordura triste
y la compostura, otrora envidiada.

Mirá, no piensa ni canta ni ríe
no llama, ya no huele el perfume, la sal
mirá su gesto amargo al tragar sin goce
el banquete que la vida le regala.

Mirá al esclavo, como ruge de angustia
y no dice nada, ni al cielo, ni al ayer
no dice hoy ni mañana, nada... nada!
No cree, y no quiere romper sus cadenas.

Mirá, miralo por favor! Abrí los ojos!
Rompete en tu propio espejo cagón!
Golpeate con bronca esa cara, la vida!
Mezquina y egoísta expresión desolada, golpeala!

Esclavo de vos mismo, estás mirando si verte
gritando sin creerte, llorando sin mojarte
soñando sin dormir, andando sin avanzar
estás muriendo, esclavo... estás muriendo sin vivir.

Ojo por ojo

Agua bendita para el magnate
flores grises para el pocero
hojas de hierba para el poeta
y máscaras de hierro al cobarde

Mentira impiadosa al embustero
relojes para el tiempo perdido
joyas de la abuela para la abuela
y cargas al hombro a los verdugos.

Fruta madura a la experiencia
ríos turbios de sangre azul
media luna para el sol muriente
y nubes eternas para sus ojos.

Un perro delirante para el hueso
robada víctima del cuervo
y cuervos hambrientos para la carne
que el pasado prometió juzgar.

Años

Un vaso sucio 
coloreado
rojo punzó
agobia sin espuma
hiela el silencio
desluce la foto

una lágrima invisible
una carcajada fingida

el muzgo pinta bancos, verdes y vacíos 
y abraza, disimulado, la fuente seca

la sombra cansada
valida la hora


el viejo mira
gasta la esquina
mira
escapado de otra tarde


sin aviso, sin sonido
un viento llega
sin permiso
y rompe el vaso
seca la lágrima
sincera la carcajada

vuelve a agradar la foto

y en la esquina
silencioso y quieto
el viejo ríe

el viento no lo toca

entiende, creo
que no son otras
la esquina, ni la fuente
ni es otro él
que ríe, una vez más
de la nada que ha quedado

La Mano

La mano casi no se mueve, ni un soplo viejo la estremece, ni la sangre densa que le corre a empujones.
Mira y piensa, encrucijada.
De vez en cuando monta en cólera, pero pertinente, siempre pertinente, no sea cosa...

Insegura, sufre, late, y ya no canta.
Come de sus uñas sucias, devora sin culpa su carne.
Lame con asco su propio sudor.
Sus jugos vitales mojan su sombra con desidia, ya sin vergüenza.
Hasta la respiración, que es lenta y esquiva, parece abandonarla.

A veces duerme, pero en el sueño vomita histeria. Nunca descansa.
Se pudre de a poco, mira de reojo, con bronca, con impotencia.

La mano no habla, pero aulla nerviosa.
No pide ni da, no ofrece nada, y tampoco reclama. No reza, no quiere ayuda. 

La mano va a morir, pero no despierta, ni ruega, ni nada.
Solo está, por ahora.
Inconclusa.



Perdón

Como quien busca matar un demonio que empuja de adentro, se presiona fuerte el estómago y dobla con violencia su cuerpo temblante. Mira a todos alrededor. Por momentos se sienta, mira hacia arriba, transpira, y otra vez se para y camina. Vuelve a sentarse. Grita que mantengan distancia, que nadie se le acerque. Parece desesperar, se confunde, tiembla, repite, balbucea. De pronto aparenta calmarse, habla mejor, retoma el control de su voz y explica; intenta explicar, pero la serenidad dura poco, la voz se le transforma otra vez en un hilo agudo y palpitante… vuelve a desesperarse…

“Sáquenme de acá por favor. Entiendan mi desconcierto. Estoy pidiéndoles ayuda, ¿no se dan cuenta? ¡Sino ya lo hubiese hecho! Me desespera esto. No sé más que hacer. Esta presión me lleva de a poco. Hagan algo por mí, por favor. No fue mi culpa. Solamente quería dormir. Nada más. Era tarde. No me lo sigan echando en cara. Si nadie se levantó, nada, me dejaron a mí. Y yo tuve que hacerme responsable. ¡Qué querías que haga! No me mires así, vos hubieras hecho lo mismo. Tantas veces lo hablamos. Ya no lo puedo seguir repitiendo. Por favor, ayudame, ayúdenme. Alguien que entienda. No puedo seguir con esto. No soy cobarde, ni valiente, nada. No lo hice por mí. Como siempre, como toda la vida, no pensaba en mí. No sabía qué podía pasar. Con esos gritos inentendibles. Hace tanto y todavía no lo supero. Por eso pido que me ayuden. Si no me pueden salvar, por favor ayúdenme a decírselo. Quiero que sepa por qué hice eso. Qué sepa de mi amor. Yo se lo dije, pero creo que no me escuchó. Eso me mata aunque no quiera, por eso desearía irme, a decírselo. Quiero y no, por los demás. Se fue pidiendo ayuda. ¿Entienden? Pidiendo ayuda se fue. Sí, entienden. Lo que no entienden es mi dolor. Mi arrepentimiento. Mi vida desesperada. Mis días cortos y oscuros. Y las noches, perpetuas, impostergables, en las que esos gritos me siguen calando el corazón. A la misma hora, todas las noches. Todas las noches. Escucho los gritos. Otra vez, esos gritos. Y vuelvo a despertarme, si es que pude dormirme y no sigo todavía en vela esperándolos. Porque siempre vuelven. ¿Saben? Siempre vuelven. Y me levanto. Y otra vez trato de espiar por las hendijas del postigo. Y no veo nada. Y me vuelvo a acostar. Vos dormís. Todos duermen. Pero los gritos siguen. Y otra vez pruebo ver por la otra ventana. Y ahí veo la sombra. Pero el sueño no me deja enfocarme, me confundo. Y no sé bien de donde viene la sombra. Trato de adivinar qué luz la proyecta. Trato de ver qué pasa, quién es, quiénes son. La sombra se mueve, es como que se retuerce. No puedo darme cuenta. Pienso. ¿Qué hago, salgo? Mejor no, todavía no. No sé qué pasa. ¿Y si es una trampa? A ver si todavía... A ver si quieren entrar acá. Mejor espero. Y de nuevo el grito ahogado. Y un golpe. Le deben estar pegando a alguien. Algo de eso debe ser. Sino no se explican esos quejidos. No entiendo si pide ayuda o qué. ¿Por qué no corre? Voy a llamar a la policía. Tengo que hacerlo. Pero no sé qué hacer. Si llamo me van a preguntar, y después… no, no quiero que nadie me venga a buscar. Podría hacer un llamado anónimo, pero no, van a venir, se van a dar cuenta. No. No llamo. Espero, debe ser una pelea más, siempre hay gente que pelea. Además me parece que todos los gritos no son de la misma voz. Bah, no sé, es difícil darse cuenta de eso, pero sí, no es la misma voz. Entonces no es tan grave. Debe ser entre dos, o más. Si le estuvieran pegando a una sola persona sería más grave, y entonces sí tendría que llamar a la policía. Pero si son dos, que se arreglen. Ya se van a cansar. Aunque no me queda claro si son dos las voces, o es la misma. Es difícil, suena tan desgarrada que no me doy cuenta. Mejor me voy a acostar. Tengo mucho sueño. Ya se van a ir. O alguien va a salir, o van llamar a la policía. Yo no me voy a meter. No me gustan los problemas. Si nosotros nunca nos metemos en líos. No me voy a involucrar. Algo debe haber para que esté pasando esto. A mí nunca me pasan esas cosas. Las cosas les pasan a los que las buscan. Los problemas no vienen solos. Me voy a dormir, yo mañana tengo que trabajar. Seguramente esta gente no, esa es la cuestión. No tienen nada que hacer. Que se arreglen. Si sale alguien mejor, así se dejan de hacer ruido. Y sino que me importa. Ya se van a callar, no puede durar toda la noche… ¡Pero por dios! ¡Siguen! ¡No me voy a poder dormir! ¡Cómo puede ser tal falta de respeto! ¡¿Qué hago?! ¿Y si prendo y apago alguna luz de afuera? Capaz que se dan cuenta y se van. No. A ver si en vez de irse se la toman con nosotros. ¿Podrá ser que nadie salga? ¡¿No hay un vecino que se apiade y salga?! ¡Esos quejidos me duelen a mí carajo! Si alguien sale yo también. Algo hay que hacer. Voy a esperar un poquito a ver si alguien se anima, o por lo menos prende alguna luz. Si algún vecino se asoma yo lo acompaño, así somos más, por las dudas. Por la ventana del costado no se ve nada, me tapa esa maldita planta que no quise cortar. Si pudiera ver un poquito, quizás me tranquilizaría. Algo de culpa debe tener quien esté quejándose así. Prefiero pensar eso. Así no me hace tanto mal. Sufro mucho el dolor ajeno, me da compasión. Por suerte tengo buena habilidad para encontrar la culpa de cualquier sufrimiento, que generalmente es de quien lo está padeciendo. Cada uno carga y sufre por sus propias debilidades. ¡Que alguien me demuestre lo contrario! Con eso no solo me libro de culpa yo, también logro no deprimirme. Sino después no me puedo dormir. Sé que no está bien. Siempre me lo cuestioné, pero nada más desde la teoría, nunca en una situación límite como esta. ¿Qué? ¿límite dije? No, no es una situación límite, para eso deberían estar involucradas personas de bien, y dudo que estas personas lo sean, peleándose a esta hora. No sé qué hacer. Alguien más debe haber escuchado. Y si todavía nadie salió, entonces no me debo estar equivocando tanto. Son tiempos muy difíciles, no te podés meter así no más en problemas. Antes las cosas se arreglaban con un par de trompadas los hombres, o tiradas de pelos las mujeres, ahora te matan. ¡Hay un auto! ¡Llegó un auto! ¡Paró ahí! Pero no apaga el motor. ¡¿Qué carajo pasa?! ¿Abren una puerta? A ver, no veo pero por el ruido me parece eso, por lo menos una puerta del auto abrieron. Debe ser viejo, por el ruido del motor. Pareciera que se están calmando. Están hablando. No entiendo nada de lo que dicen. Ya no gritan. Por ahí es la policía. No veo las luces de la policía, pero pueden estar de civil. Ojalá que sea la policía así se llevan a quien sea y listo. Yo si me preguntan voy a decir que no vi ni escuché nada. Que ni siquiera me desperté. Por ninguna de las dos ventanas que dan a la calle puedo ver. Ya ni veo las sombras. Me parece que se tranquilizaron. Hablan despacio, el auto sigue en marcha y casi no se escuchan. Menos mal. Ya me estaban afectando los nervios y dando dolor de panza. Ya se van a ir. Tengo que dormir. ¡Pero la puta, ahora no tengo sueño! Ya se me fue el sueño. ¡Por Dios! Voy despacio a la cocina, en medias, para no despertar a nadie. Aunque si no se despertaron con esos ruidos... Me guío con las manos y con la poca luz de los faroles de afuera. Prendo la luz chiquita de arriba de la mesada. Con ella me basta y de afuera no se percibe. Afino el oído para tratar de escuchar algo más y ya calmarme del todo. Me siento. El auto no se apaga. Llega otro con una sirena. No logro serenarme del todo. Pero ya está pasando. Seguro en un rato se van, se llevan a todos y listo. Es rico el té caliente haciendo tanto frío. Estoy con poca ropa, de los nervios ni me di cuenta del frío. Recién ahora voy tomando consciencia. Menos mal que no salí. Despacio me voy yendo a mi cama, a hacerme que duermo. Tengo más frío. Y ganas de llorar. Ahora que estoy bajando mi tensión, me relajo y vuelvo a sentir. Regulo la estufa. Cierro los ojos. Camino con los ojos cerrados. Respiro hondo. Lloro, no entiendo por qué, lloro mucho. Desde el pasillo de las piezas escucho pasos que se acercan por la calle o la vereda. Golpean las manos en nuestra puerta. En nuestra puerta. ¿Por qué? ¡Por qué en la nuestra, y no en frente o al lado! ¡Por qué ese maldito golpe en nuestra puerta! Finjo que no escucho. No quiero escuchar. ¡No! ¡No quiero escuchar más ese golpe! ¡¡Basta..!! Vuelven a golpear. Hace tanto tiempo y siguen golpeando, y no se van, nunca se van. En nuestra puerta me duelen los golpes. Afuera nunca no se callan los gritos. Y adentro, los pasos y los golpes y los gritos, que me llevan otra vez a su habitación, como tantas noches, para que no se resfríe, a cubrirle la espalda, con esa manta ya para siempre vacía. No podía yo saberlo, si cuando me acosté estaba ahí. ¡Cómo iba a imaginarlo! ¡¿Por qué?! Ya no lo soporto. Quiero terminar con esto. Sé que no fue mi culpa, pero no dejo de sentirla. No voy a seguir. Perdónenme todos, ya no necesito ayuda, me voy, me voy, a pedirle perdón.”

Mi deber cumplido

Anuda la manga estirada del pulóver, parece confundirse, cruza una pierna por debajo de la otra, escribe:

“Todavía me cuesta creer que pude salir. Pensé que no lo iba a superar, con lo reciente que es, por suerte me parece lejano. Ahora que lo tengo más claro, me gusta recordar, un poco lo disfruto.

Te dejo esto para que sepas que estoy bien, y para volver a agradecértelo.

Sé que mucho de lo que viví fue gracias a vos, y nunca voy a olvidar que fuiste vos quien me acercó, y cuando pasó un tiempito casi no me conocías, de cómo me había fanatizado. Pensar que yo ni sabía que existía, y qué importante se volvió después…Cuando a lo lejos comenzaba a verle la cara, que nunca importaba que estuviera lejos, porque brillaba de una manera que acortaba distancias… Y empecé a escuchar su voz, y a disfrutarla… ¡qué locura esa voz! ¡Y esos ojos! Y de a poco me fui interesando en su vida, y me gustaba aprender lo que me enseñabas, de esa vida agraciada, quizás demasiado agraciada, tan llena de éxitos, tan arriba de nosotros… quizás demasiado.

Fueron momentos imborrables que hoy, a pesar de todo, me siguen llenando el alma… igual que cada una de las veces que estuve cerca, aun anónimamente, sin que se diera cuenta, cerca con el corazón. Aquel cruce de miradas en el pasillo, haciendo míos esos ojos que no hubiese querido devolverle nunca, cómo voy a olvidar esos momentos.

Ahora que veo todo lejos, me reconforta. De verdad creí que me iba a terminar. Y pensar que al principio, acercarme y rozar su piel eran deseos quiméricos. Jamás pensé que me lo iba a permitir.

Me acuerdo cuando decía que nos ponía pidiéndonos que vayamos en secreto a algún lugar, para dejarnos esperando algo que no iba a llegar nunca. Y decía que lo hacía para ver si seguíamos fieles. ¡Cómo no íbamos a seguir fieles! Yo por lo menos… tengo la conciencia tranquila, nunca defraudé sus proposiciones, y no las voy a defraudar, eso seguro. ¡Eso es amor che!

Con decirte que una vez corrí casi treinta cuadras desde casa hasta la ruta porque decían que iba a pasar. Bah… qué te voy a decir a vos, si estabas conmigo, siempre estabas conmigo, no te ibas nunca… Yo jamás había estado tan cerca, iba a ser la primera vez y cómo corrí… bien fuerte, todo lo fuerte que pude... Ya sé que fue en vano, pero no me molestó, igual me gustó hacerlo, aunque nunca haya pasado. Demostrarle amor y devoción incondicional me llenaba de orgullo.

Siempre voy a adorar su genialidad, su estampa, su manejo de los tiempos, todo ese éxito magistralmente manejado. ¡Qué manera de triunfar! ¿Por qué siempre estuve tan lejos de eso?

Sé que si no hubiese sido por vos, yo seguramente no… No entendí esa mirada tuya, igual te lo agradezco.

Vos también debés tener unos cuantos recuerdos.

Pensar que me fuiste a buscar y casi nos peleamos porque yo no quería volverme. Es que era el momento, ¿cómo puede ser que nunca lo hayas entendido? Estaba ahí, cerquita, a mi alcance. Me había preparado mucho para eso, para que no se me vaya, ¡cómo me iba a volver con vos! Si estaba ahí, en la salida, ¡ahí, en el pasillo!, con la sonrisa abierta y los cristales de la ducha brillándole en la cara… con el pelo mojado, con ese cansancio satisfactorio de haber conmovido a tanta gente, todo eso en frente mío. ¡Y el guiño! Ese que solamente yo capté. ¡Cómo me iba a volver con vos! ¡Si me hizo un guiño como creo nunca le había hecho a nadie! Y no era para vos. Ojalá algún día te convenzas de eso.

No me acuerdo muy bien del taxi viejo que paré primero, y que dejé ir porque no le tuve fe, no sé por qué no pude retener eso… del otro sí, del más moderno sí me acuerdo, que llegó en seguida, como si me lo hubiese mandado invitándome, de ese sí me acuerdo, pobre taxista. Y de vos… subiéndote de última, casi resignándote a no poder convencerme. Tengo todo tan presente… como si hubiese sido ayer. Está bien que no pasó tanto tiempo, pero para mí fueron siglos. Esos minutos larguísimos que parecían estancarse, hasta que al final salió y asomándose entre la curiosidad de la gente me miró ¡A mí me miró! Bajando apenitas la ventanilla pudo filtrar un rayito de luz de esos ojos para mirarme, y solo con eso llamarme, urgente. Así, sin decir nada. ¡Urgente!

A veces siento que me mira igual que aquella vez, con esa sonrisa compinche que sacaba.

¡Cómo no iba a irme en su búsqueda! Si con esas miradas estábamos pactando secretamente la persecución, procurando que nadie lo notara, solamente con un guiño. No podía no ir, ¡tenés que entenderlo!

Qué lindo fue el juego, algo previsto sin prever, un juego que empezó a las pocas cuadras, y no porque yo lo haya buscado, no, yo creo que me lo propuso como un reto, a ver si podía ponerme a la par, algo así como un desafío. ¿Te acordás que no lo empecé yo, no? Me retó como quien invita a un duelo sexual, y espera una única y predecible respuesta, o quizás también para demostrarme una vez más su superioridad… quizás las dos cosas, igual ya no importa. Sé que nadie lo entendió de esa manera, pero fue así, me retó, nunca me van a convencer de lo contario. De otra forma no hubiese ido. Puedo soportar todo lo que digan, ya no va a hacerme mal.

Sabés, anteayer fui, a ver si me hablaba, estuve un rato largo tomándome todo el frío del umbral, pero no salió, debí suponerlo, hacía demasiado frío. Es posible que en unos días vaya otra vez. Seguro sale. La otra vez me pareció que me hacía una seña desde adentro, como que espere un ratito que salía, pero yo ya no podía, se hacía tarde y no podía esperar. Me sentí un poco mal por eso. Quizás debí haber sido más valiente y quedarme, pero de verdad no pude. Por eso voy a ir otra vez, hasta que salga. Quiero estar cerca otra vez.

¿Dónde me había quedado…? Ah, sí, en que me había invitado, a un duelo, a mí. ¡¿Cómo pensabas que no tenía que ir?! ¡Con la emoción que sentía! No tenés idea de cómo estaba yo. Ya sé que vos ibas al lado mío, pero nunca lo vas a entender, nunca vas a sentir lo mismo. Nunca lo sentiste.

¡Qué rápido salió! Cuánto vértigo… Al principio pensaba que no íbamos a alcanzar su auto, pero en seguida estuvimos a la par, ¿te acordás? Tan cerca, tan a mano compartiendo nuestros caminos… No te podía hacer caso. ¿No veías que cada vez que aceleraba me invitaba!

Seguro recuerda ese momento.

Mi mano estirada, que casi le rozaba la puerta, su ventanilla baja que me llamaba, y que de pronto se cerró, retándome más. Su cara mirándome a mí y al frente al mismo tiempo. Imposible que se haya olvidado de eso, del taxista que me gritaba que el auto no le daba más y de mis manos que querían alcanzar el vidrio y bajarlo. Seguro se acuerda también de tus brazos, tirando fuerte de los míos, como queriendo impedir el contacto. ¿Qué sentiría en ese momento? ¿Habría imaginado alguna vez tanto amor, tanta devoción? Yo sentí que mis ojos por fin estaban haciendo justicia degustando los suyos tan cerca, esos ojazos que no paraban de mirarme y que me seguían retando, vidrio por medio, y me incitaban al duelo. Un duelo anhelado que no demoró en llegar, llevando consigo el segundo soñado, efímero como la felicidad, en que nuestros caminos coincidieron, colmándome de satisfacción plena. El encuentro que mucho habíamos esperado y que de pronto se hacía realidad; y mis huellas, que empezaban a marcar de a poco sus destinos. Quién podría olvidar ese relámpago de amor, tan corto como el recorrido entre un par de pilotines, en que su éxito comenzaba a ser también mío, y su goce, ahora compartido, se me colaba en el cuerpo a través de sus manos, que tocaban las mías derrotando la incertidumbre que nos daba la velocidad, y destruyendo el vidrio que nos separaba. Y vos, omnipresente como siempre, que no podías contenerme, y a esa altura ya deberías haber dejado de esforzarte. No lo ibas a lograr. ¡¡Por qué no lo entendiste!! ¡¡Por qué!! Por qué caíste en ese tiempo tan confuso, tan mío y nuestro en que la gloria se aunó con el ruido, y la memoria se excitaba con tanto por guardar. Y el taxista contagiado, que todavía me grita, que nuestras sendas se cruzarían en segundos, y que si seguía ya no podría volver. Y entonces siguió, y no volvió, y al cruzarse los caminos provocaron la peor de las paradojas, la del alejamiento después del cruce fugaz. Un alejamiento contenido por tu abrazo y tu protección, un alejamiento que truncaba el más intenso de los contactos… y entonces, como una pantalla de cine que se apaga, como el final de una obra póstuma… inundó la escena nuestro silencio repentino, envuelto en ruidos cerrados y confusos… y brotando de su corazón, como recompensa por tanto amor, la incandescencia de hierros que su vida comenzaba a regalarle para siempre a la mía; y desde lo más profundo de tu amor, incondicional y tonto amor, surgía heroica la coraza, desprendida y protectora, que tu cuerpo generoso le brindaba para siempre al mío, para que hoy esté bien y pueda venir a decírtelo, y a agradecértelo. Y mi deber que estaba siendo cumplido, quemando para siempre los halagos, derritiendo las risas y agitando los llantos, de ustedes y de los otros.

Las risas que ostentaban, y el llanto que ahora rompen, los otros, como vos, que habían llegado antes que yo, pero que no resistieron, y ya nunca llegarán a tocar su piel.”

Cuestión de Tiempo



Antes que me tomes por sorpresa

escaparé cuanto pueda.


Antes que me ganes la jugada

entre dientes escondida

te rendiré más de mil noches.


Antes que aventures humillarme

alardeando de tu logro

presumiendo tu victoria

dejaré seguro legado.


Antes que llegues a tu hora

demostrando otra vez

tu certera incertidumbre

tu voz lenta que me guía

atrasaré los relojes.


Ya quebrado ganarás mi pena

y tu lucha no será más mía.


Fiel a tu nombre, usurera

gozarás en estériles sollozos

más mi sangre pura y alumbrada

vedará del llanto tu razón.



Hasta vos pelearé por no encontrarte.



Pávida de vergüenza recibirás mi venganza

el día que estés cerca, la noche que me escape

antes que me lleves a tu parte

donde te piensan dueña

y te adoran señora

donde muchos te temen y algunos te veneran.



Me verás, te enfrentaré.



Y sufrirás mi poder.


Buenos deseos para 2012



Llega fin de otro año, y los deseos de felicidad, de paz, y especialmente de prosperidad, se multiplican.

Siempre me pareció que todos eso lindos deseos, más allá de las buenas intenciones, encierran sin querer algo de comodidad, sería como desear que todo llegue porque sí, del cielo, o del aire, como si la felicidad, la paz y la prosperidad, no dependiera solo de nosotros.

Por eso, desde mi humilde corazón, prefiero desearte, y desearme...

que este año pierdas la vergüenza de decirle "te quiero" a ese alguien que, si ya no estuviera, se lo dirías mirando al cielo

que visites a quien te necesita, aunque te vayas con dolor en los oídos

que te hagas tiempo para lo importante

que puedas darte cuenta de cuales son los verdaderos problemas, y cuales definitivamente NO

que te dejes de joder con el orgullo, que nada te da y muchísimo te quita

que entiendas por fin, que cada momento que pasás con tu corazón enojado, es un momento menos de vida plena

que solidaridad no sea solamente comprar una rifa

que ya no busques más excusas para negarle una moneda a un nene

que aprendas a decir "gracias, perdón, permiso, me equivoqué, te perdono, te entiendo", y todas esas palabras que suenan lindo en los demás, pero a veces cuesta incluir en el propio diccionario

que tu forma de vivir, de vestir, de pensar, de sentir, de amar, sean solo una forma más de vivir, de vestir, de pensar, de sentir, de amar, y no las únicas aceptables

que por fin puedas desarrollar tu tolerancia, y que entiendas que a vos también te toleran

que puedas ponerte en el lugar de los otros, aun cuando los otros no te agraden

que ya no necesites gritar

que a nadie más le hagas daño gritándole

que logres darte cuenta que todos nos equivocamos

que no tengas que arrepentirte

que la pasión y el empeño por tus hijos sea similar a la pasión y el empeño que pusiste al concebirlos

que cada noche te encuentre feliz por no haberle hecho daño a nadie

que cada mañana te despierte con ganas de vivir y ayudar a vivir

que el progreso de un amigo, de un compañero, o de un hermano, te inunde de alegría, y que te motive por superarte, nunca por envidia

que este año visites más amigos e invites más gente a tu casa

que no hables tanto de vos, y aprendas a escuchar

que puedas divorciarte de tu ego

que escuches las voces tu conciencia, y que tu conciencia no se equivoque

que una sonrisa te salga tan natural como respirar, y que creas que los demás son merecedores de tu sonrisa

que lances una felicitación con la misma fuerza con la que lanzás insultos

que ya no busques culpas, sino soluciones

que solo mires para adelante, o mejor, para ahora

que el presente nunca se transforme en un pasado que te condene

que el futuro sea solo el resultado de haber disfrutado el presente

que tu presente sea también el digno presente de los que te rodean

que la palabra prosperidad ya no se asocie con el dinero

que el dinero ya no lo asocies con la felicidad

que la felicidad venga asociada al amor entregado

que el amor siga siendo el motor incansable de la paz

Seguramente muchas de estos deseos ya se te cumplen, vamos entonces por los que todavía no, y estoy seguro que este año llegará lleno de felicidad, de paz, y de prosperidad

Por un 2012 mejor que 2011… y peor que el 2013

¡¡..Muy Feliz 2012 y Salud…!!

Pablo


Morenita



La simpatía y cariño de la pequeña Morenita los había conquistado desde el primer encuentro.

Cada vez que los visitaba en brazos de María, su mamá, el día se convertía en una fiesta donde ella era la reina.
Al ver a su hija tan mimada, María parecía descansar de penas.

Ellas vivían junto a sus cuatro hermanos, en una casilla humilde, húmeda y erosionada por los años sin trabajo. Una casilla que temblaba de frío en cada invierno y se incendiaba en los veranos. Perdida dentro de un barrio en el que era difícil distinguirla.
Su único medio de subsistencia lo aportaban los hijos grandes, a quienes la experiencia de la calle les había enseñado el oficio de pedir.
Era comprensible que María disfrutase tanto esos encuentros en que la alegría de ver a su hijita contenta, lograba aplacar por un rato las miserias que enfrentaba a diario.

Tal cual agua de deshielo, que hace camino en su deslizar, todo se dio con absoluta fluidez.
Alargando cada vez más las visitas, Morenita se fue quedando de a poco, y una tarde común, en que el olvido se apoderó de su sonrisa, María no fue a buscarla, y en menos que un suspiro, su mamá cambió de nombre, y su destino, de lugar.

La extrañó la primera noche, quizás la segunda, y desde la tercera ya nunca más supo de ese sentimiento.
Regresaba María cada tanto a visitarla, pero en cada despedida, con una naturalidad que abrumaba, y de la que nadie se atrevía a extrañarse, Morenita la saludaba con cariño, y la abrazaba con sonrisas, intuyendo quizás, que era lo mejor para ambas.

Como casi siempre, el reloj que mide la felicidad pasó demasiado rápido, y al poco tiempo, solo tres años, la pequeña Morenita enfermó.

A pesar del final abrupto, esas tres primaveras en su nuevo hogar, habían alcanzado para colmar por siempre los corazones de su segunda familia.

Tal vez destino, tal vez exceso de encanto, su alma inconclusa no aguantó, y se fue muy temprano, esperando, seguramente, un poquito más.



Hoy el salón rebalsa de gente que vino a acompañar.
Desde una esquina, errante y penosa, llega la voz de un genio con dotes de cantor que le ofrenda su "Virgen Morenita". En su versión más desgarradora.
Entre llantos y abrazos, su guitarra eleva plegarias tristes y acompaña el canto como quien respira un sollozo. Sus cuerdas vocales se estremecen y parecen tender puentes invisibles para aunarse con cada uno de los presentes.

María oprime inconscientemente su angustia.
Ella no sabe sufrir por estas cosas, la vida le ha enseñado que solo el hambre y algunos pocos dolores físicos, son dignos de ser sufridos.
Las penas del corazón no deben perdurar. No hay tiempo ni recursos para eso.
A su lado las dos hermanas mayores que el tiempo le había regalado a Morenita, quieren calmar su lamento intentando secarse una a otra las lágrimas.
Eternas e hirientes gotas que se escurren entre sus dedos y prosiguen su camino.
Al ver a las chicas tan abatidas, María cree entender el amor que sentían por su hijita, como si las tres hubiesen sido verdaderas hermanas de sangre.
La tristeza de esas niñas es tan genuina como contagiosa.
No le gusta verlas así. Y aunque su corazón es duro, el dolor de ellas parece calarle profundo.
Luego de un momento de aparente profunda reflexión, se acerca a las nenas y con voz trémula y bajita, casi al oído, casi con miedo, les ofrece, para consolarlas, si quieren quedarse con Alan, su hijo más chiquito, que es tan lindo y gracioso, como era Morenita.



Inerte



Lo sabía desde hace tiempo, ellos no mentían cuando le advirtieron.

A pesar de conocer de antemano lo que podía suceder, nunca aceptó detener su plan, y concretó con precisión suiza cada paso trazado.
Los hechos demuestran que hablaban en serio. Hay ámbitos en los que la traición cotiza demasiado alto.

Observa y parece reflexionar, su mirada es lejana y profunda a la vez, como si intentara llegar más allá.
Da la sensación de querer hablarle con los ojos. Ojos que uno desearía ver inundados. Al menos húmedos. Ojos que contradicen el sentido común.
La ausencia de lágrimas sorprende, y asusta.
Se mantiene callado y perturba el ambiente con solemne entereza.
Su rostro duro y pálido cual fragmento de mármol, paraliza los sentidos.
Es difícil imaginar en qué está pensando.
A juzgar por los hechos previos, uno podría conjeturar que en su mente se hace fuerte una idea: en el balance general de los acontecimientos, lo que acaba de ocurrir solo sería un costo más, propio del negocio.

A pocos metros, testigo involuntario de un final anunciado, su descendencia yace inerte en el suelo oscuro. Los tonos grises de lo que era hierba, encierran el destino final de su alma. Se ha transformado en víctima consumida por el desamor de su propia sangre.



El círculo



-No señor, lo hice por venganza y de eso no puedo defenderme, si tengo que pagar estoy dispuesta a hacerlo, no tengo nada más que decir.

Así se sentencia María Susana Segovia a la condena que seguramente la verá perecer dentro de la cárcel.


A casi un año de haber sido encontrado culpable, José Manuel Ramos, sentado sobre un banco de material, en un rincón húmedo de su celda, trataba de abrir el sobre que el guardia le acababa de entregar, en cuyo interior lo esperaba la carta. Una carta que por sus letras impresas en computadora nadie hubiese adivinado su contenido:
«Mi nombre es Abel Santos, usted no me conoce, soy el padre de Gabriel Santos ¿Lo recuerda? Sí, seguro lo recuerda, aunque finja que no, esas cosas no se olvidan, no interesa todo lo que uno lleve encima, no me permito pensar que no lo recuerda, y mucho menos que no lo hizo consciente.
Dudé mucho antes de escribirle esto sabe, hasta pensé en ir a hablarle cara a cara, pero no creí que ahí me lo permitieran y menos que usted accediera, se imaginará que esto no es fácil para mí, pero necesitaba decírselo, ya no lo soportaba más, por eso le escribo.
Necesitaba hacerle saber a usted, que al sacarnos a Gabriel nos sacó la vida, a usted cuya sed de violencia fue más fuerte que los ojos llorosos de nuestro hijo, que lo miraron bien fijo, delante de sus propios hijos, chicos huérfanos de padre que nos reclaman a diario un por qué. A usted necesitaba decirle, que aunque sabemos que va a estar mucho tiempo ahí, también sabemos, y esto grábeselo bien grabado, también sabemos, que algún día va a salir, y ese día, cuando quiera que sea, lo estaré esperando, como usted lo esperó a Gabriel.
Nada más, solo eso quería decirle, solo eso puedo decirle, solamente, necesitaba que lo sepa.
Lo saluda, y lo espera, Abel Santos, padre de Gabriel Santos»

Sin escapársele una mueca José bajó la mirada, estrujó la carta y dio un golpe a la pared con el puño apretado. Pronto buscó entre sus cosas una lapicera y un cuaderno y escribió unas pocas líneas, apuradas, llenas de nervios y de falta de práctica.

Al cabo de unos días, Santos recibió la respuesta:
«si quiere venir venga, lo van a dejar entrar y yo puedo hablar con usted si usted quiere josé ramos»

El hombre ni siquiera tuvo el reflejo de sentarse. Con un hilo de voz llamó a su esposa, no pudo hablarle, solamente le mostró el papel sucio y mal escrito. La cuchara cayó. Se miraron, y tomadas las manos quedaron inmóviles por un rato, como si una flecha caída desde el cielo los hubiese estaqueado al piso.
-¿Vas a ir?
-No sé, no sé... -suspiró el hombre, mirando al techo y volviendo a repetir:- No sé qué voy a hacer...


Durante las horas previas había ensayado el diálogo hasta cansarse, sin embargo, al encontrarse vidrio de por medio con José, no pudo recordar nada de la letra estudiada:
-¿Por qué nos hizo esto? -preguntó Santos apenas lo tuvo en frente, con voz entrecortada.
-¿Qué quiere? -respondió José con otra pregunta y gesto desafiante- ¿por qué me amenaza? Ya estoy acá pagando por lo que hice, ¿qué más quiere, que salga y lo mate a usted también, por qué no me deja en paz, no ve que ya tengo bastante con estar acá?
-¿Qué quiero? -exclamó Santos, levantándose de su silla y volviéndose a sentar en seguida, al notar la mirada atenta del guardia- Torturarlo quiero, que sufra lo mismo que sufrió Gabriel, verlo muerto quiero. ¡¡por dios!! ¡¡ahora resulta que la víctima es usted!! Y claro, siendo lo que es, hasta parece lógico. Por el amor de dios, dígame por qué lo hizo, le pido eso nada más, por qué lo hizo... y le juro que me voy...
-¿Y usted piensa que yo sé? Con todo lo que tenía adentro me hubiese cargado a cien más. ¿No entiende, usted se piensa que es fácil vivir con eso? no tener ni para comer, y ver todo eso que había en esa casa, ¿usted se piensa que eso no lastima? Me dice que yo no puedo ser víctima y no entiende nada, usted, su hijito y toda la manga de ladrones que la tienen toda junta y no dejan nada para nosotros, ustedes nos hacen víctimas. Se creen que todo es fácil, claro, que pueden juntar y juntar y no repartir nunca, y que nosotros nos vamos a comer siempre esa mentira. Saltan solamente cuando se muere alguno de ustedes, por lo nuestros no saltan nunca. Y se mueren los nuestros eh... un montón de los nuestros se mueren, y no solamente de hambre, no... también se mueren por la pasta esa que nos venden ustedes, la que les sobra, la mala, esa que pega mal, y cuando afanamos para tener para comprarles más, nos matan... siempre a nosotros... y me dice que no soy víctima... ustedes son todos la misma basura...
-¿Pero por qué a nosotros, qué le hizo mi hijo a usted? Él no vendía nada, era un chico excelente, ¿qué tiene que ver él con lo que usted me dice, por qué esa furia con él? Si quería robarle, ¿por qué lo mató? Si le estaba dando todo... no se resistió ni nada... ¿Qué culpa tenía mi hijo de lo que le pasaba a usted? ¿Y los chicos, qué culpa tienen ellos, no entiende que les mató al padre, no le entra eso en la cabeza? y adelante de ellos lo mató, ¿no entiende eso?
-Usted es el que no entiende, era hora que les pase a alguno de ustedes. Siempre a nosotros, siempre la sufrimos nosotros, sufran un poco ustedes. Nos cagamos de hambre, de frío. ¿Usted alguna vez sintió hambre?, pero hambre de verdad le digo eh, hambre sabiendo que aunque llore y busque no hay nada. ¿Sintió esa hambre alguna vez, esa que sabe que no se le va a pasar abriendo la heladera, o yendo a comprar, nunca sintió eso no? O frío, ¿pasó alguna vez en su reputa vida una noche en invierno con un árbol de techo, y sabiendo que si iba a pedir a algún lado lo iban a echar como si fuera un perro, y sabiendo que toda la manga de ladrones vive en castillos como la casa de su hijito y no le importa un carajo de nosotros? ¿Alguna vez se sintió temblar porque le faltaba la pasta y sabía que tenía que robar para comprarla, y para animarse a robar necesitaba la pasta, no sabe lo que es eso no? seguro que no lo sabe; seguro que nunca pasó algo de eso. No puede hablar de víctimas señor, usted no tiene más a su hijo, pero tiene casa y comida, y abogados y matones que lo defienden, yo no tengo nada de eso y no lo voy a tener nunca. ¡Qué carajo me importa su hijo, los hijos de su hijo y usted! No sabe, pero yo en el barrio ahora soy un ídolo, desde aquella noche soy un ídolo, y cuando salga me van a respetar, no tiene idea como me van a respetar... Y voy a llegar eh... quédese tranquilo, y ni sueñe con ponerse en el medio, que si lo hace sigue usted eh...


Cuatro años y medio después de aquel encuentro, cumpliendo casi el total de su pena, José salía en libertad gracias a su buen comportamiento. Amigos y algunos familiares lo acompañaban hasta su casa, donde era recibido como un verdadero héroe.

A pesar de haber sentido una gran confusión luego de aquel diálogo en la cárcel, Santos nunca había perdido de vista los movimientos del preso. Aquel juramento al cielo al enterarse de la muerte de su hijo sería ley en su destino. Muchos lo habían intentado pero nadie había podido cambiar su pensamiento.
Pocos días pasaban, cuando el hombre ejecutaba su venganza y José moría desangrado en el corazón de un pastizal.
No acostumbrando a matar, demasiadas huellas lo delataron y muy pronto fue condenado a una pena cuya duración ya no le importa a nadie.
Resignado a su triste camino, pero satisfecho por haber cumplido la promesa hecha a su hijo, se propondría vivir lo más dignamente los días de su castigo.
A poco tiempo de aquel hecho, habiéndose acostumbrado ya a su nueva condición, una carta lo sorprendía en su celda:
«Mi nombre es María Susana Segovia, usted no me conoce, soy la madre de José Manuel Ramos ¿Lo recuerda?... »




El miedo termina



Sus pasos vertiginosos delatan el terror que pretende disimular, y el espanto provoca estragos en sus movimientos. Con la mano izquierda sostiene firmemente la bolsa, con la otra busca la llave. Preocupado examina la escena a su alrededor, deben estar cerca, quizás llegando a la esquina. Tiene que entrar antes que den la vuelta y lo vean. El sudor en su frente se convierte en ríos que desdibujan su cara. Siente las miradas en los hombros. Su corazón late con una vehemencia que ya no recordaba. Se toca la boca del estómago, presionando al tiempo que inspira profundo. Imagina lo que podría suceder si dan con él, y se arrepiente, pero ya es tarde, como cada vez que se arrepintió.

Llegando a su casa un vecino le ofrece un saludo desde la vereda de enfrente y él se lo devuelve sin mirarlo, lo mejor será que nadie se le acerque.
La llave se esfuerza por no entrar; como si fuera cómplice de su pánico, parece mucho más grande que el orificio. Corrobora que sea la correcta y mientras mira a todos lados, se sigue preguntando por qué, y no se responde. De pronto logra introducirla, pero no gira, entró al revés, y cuando quiere sacarla ya no puede. Tira con fuerza apoyando su pierna derecha en la reja y utilizando las manos, para lo que deja la bolsa en el piso. Los pensamientos que lo atormentan hacen que el forcejeo le pase inadvertido. Luego de varias maniobras logra sacarla.
Se propone calmarse, pero con ellos tan cerca es imposible. Una vez traspasada la reja, aun le restará la puerta del frente, hecha especialmente de madera maciza y bien dura y con una cerradura pensada a prueba de venganzas. Otro desafío, y más sabiendo que esa sí suele funcionar mal.
Se deben estar acercando y el tiempo se acaba.
Cinco segundos, quince latidos, le lleva abrir la reja. Entra y la cierra apurado, no le cuesta tanto como abrirla. Al girar sobre su pie, tropieza con una maceta, pero logra mantenerse parado. Mientras busca la otra llave, mira el manojo tan grande y viejo que hace tiempo no usa. La cerradura inviolable, otrora sinónimo de tranquilidad, se transforma ahora en su obsesión. Como era de esperar, el giro se le complica otra vez. El pánico aumenta, es que ahora, además de hacerlo rápido, debe procurar no hacer ruido. Si estuvieran cerca, y aunque el ángulo de visión desde las veredas vecinas impidiera que lo descubran, puede que sí lo escuchen.
Mientras está tratando de abrir, dos adolescentes distraídos pasan caminando y lo sobresaltan. Les murmura un insulto, y se sorprende cuando uno de ellos lo escucha y lo mira sin entender. Esa mirada, quizás inadvertida para el joven, se le vuelve muy preocupante. Si vienen más atrás, podría llamarles la atención y darse cuenta que lo observa a él. Nuevamente los insulta silenciosamente, y los mira con furia para espantarlos y que no le hablen. Lo logra, siguen caminando y lo pierden de vista.
Consigue abrir la puerta, entra y la empuja con prisa, con un movimiento ágil y cuidado, propio de un felino.
Ahora se siente algo más calmo, es factible que no lo hayan visto entrar. Por las dudas no enciende ninguna luz y permanece un momento en silencio. Está agitado pero sus latidos poco a poco van recobrando un ritmo aceptablemente normal. Se sienta sigilosamente en una silla cerca de la puerta, para descansar y esperar que transcurra un poco de tiempo. Unos cuantos minutos y esto habrá acabado, piensa; y piensa... y mientras su cuerpo cansado se deja engañar por el relajo aparente, un cabo suelto de su memoria le muestra que la tranquilidad comienza a volverse efímera.
En un salto del cual él mismo se sorprende, se asoma por una hendija de la ventana y ve lo que su mente le rescata del pasado inmediato: desde la vereda, inmóvil y resignada a un olvido mortal, la bolsa lo delata en silencio.

Su corazón no le permite el tiempo para lamentarse, clavándole estacas desde dentro del pecho le advierte nuevamente el peligro. Continúa espiando y ve a uno de ellos que llega corriendo y toma la bolsa, da un vistazo a su interior y asombrado por el descuido, dirige la mirada hacia la casa y hace un gesto con su mano, como marcándole a alguien que lo han encontrado. Un escalofrío le llena el cuerpo de hormigas y el pensamiento, de picanas. No puede permitir que le suceda otra vez. Ya no es tan fuerte como entonces, y no cree poder soportar algo siquiera parecido a aquellos tormentos. Demasiadas veces ha repetido que antes que eso preferiría morir.

Con algo de intuición y otro poco de tacto camina despacio guiándose hasta el aparador de la cocina, no es un lugar usual, pero ahí esconde un viejo revolver. En el trayecto suena el timbre, y es como si una bomba le hubiese explotado en el pecho y desintegrado sus tímpanos. Se apura por encontrar el arma y casi en el aire se dirige nuevamente hacia la ventana; mientras tanto la revisa al tanteo y rememora la única vez que lo usó, cuando sacrificó a su gato. Nunca logró reponerse de tan soberbia eutanasia. Ve a dos de ellos que están hablando. Trata de escuchar lo que dicen, pero la distancia se lo impide. Es conciente de que si abre se convertirá en presa abatida, ahora o después. Si es ahora, todo termina ya, sin epílogos ni dubitaciones; si es después, acabará luego de los suplicios y las venganzas. Si no abre quizás entren por la fuerza, pero cuenta con algo a favor, hay vecinos en la calle, y conociendo de antemano como suelen proceder, supone que no harían nada que pueda llamar la atención de la gente. Para ganar tiempo va nuevamente al aparador, recuerda que en algún rincón había guardado unas balas. Casi a ciegas, comienza la búsqueda. No las encuentra. Con el codo empuja sin querer un vaso, que se destruye en un alarido contra el suelo. Paradójicamente, el ruido de los vidrios es ahogado por el timbre que tanto necesitaba callar, y que ahora, nunca mejor ubicado en el tiempo, se convierte en su salvador momentáneo.
Pisando vidrios rotos busca en otro mueble, una alacena ubicada en la pared opuesta. Unos pocos segundos silenciosos ayudan a su concentración y logra encontrar una cajita. Respira. Es un paso. Con su mano temblorosa toma una de las balas, con la otra sostiene la caja y el arma. Vuelve a retumbar el sonido del timbre, más largo y repetitivo, y otra vez perturbador. Posterga un momento la carga. Usando sus manos como vista y procurando apurarse sin emitir más sonidos, va nuevamente hasta la ventana. Para su sorpresa ve al vecino hablando con ellos y gesticulando, parece estar explicándoles que lo ha visto entrar; por meterse en temas que no debería, se está convirtiendo en su oportuno traidor. Llega un tercero. Apartándose unos metros, uno de ellos le dice algo, parece darle una indicación, y le entrega la bolsa apretándole la mano, como exigiendo que la coloque a resguardo, o que la proteja con su vida, que sería lo mismo, piensa, y toma más conciencia, y más se atemoriza.
La poca luz que dan las luminarias de la calle, sumado a la cortina que no quiere correr, hacen que vea todo un tanto difuso. Llega un vehículo oscuro y estaciona frente a su puerta. No consigue ver cuantos hay en su interior, pero nota que le piden al vecino que se acerque. De pronto alguien abre la puerta y sin decirle nada le dispara un tiro silenciado que parece partirle el pecho en dos. La imagen del hombre encorvándose hacia atrás ante el disparo certero y mortal, dejando inercialmente sus brazos y cabeza adelante, le provocan un ardor en su estómago, como si le hubiesen disparado a él.
Entre dos toman al hombre muerto antes que caiga al suelo, y lo cargan en el auto, que se aleja inmediatamente, llevándose también al portador de la bolsa. Se estremece, piensa que harían con él y la tensión se le hace carne hasta en los poros percudidos de su piel. Ya no hay testigos que puedan salvarlo. Vuelven a ser dos, y están tratando de trepar a la reja. Lo invade la impotencia, por un momento siente que va a ser solamente una cuestión de tiempo, del escaso tiempo que tardarán en entrar y cerrar de una vez sus ojos, ya aturdidos de tanta vida. Va y vuelve de ese abatimiento, por segundos se deja estar, se entrega a la muerte lenta que sabe que le espera, y luego retorna intentando mostrarse a sí mismo aquel ímpetu combativo que supo ostentar cuando joven. Y se plantea dar pelea. Y así transcurre un corto momento que lo deposita, sin proponérselo, en la conclusión de que no sería él si no lo intenta. Entonces se convence de que intentarlo significa tirarles, antes de que ingresen. Y lo va a hacer.
La oscuridad y al apuro dificultan la carga del arma. Logra poner la primera bala justo cuando un golpe ensordecedor llega desde la puerta. Están ahí, a un paso, y no admite que lo encuentren. Es muy tarde, pero no va a darse por vencido. Ya se llevaron la bolsa, ahora debe procurar que no se lo lleven al él, al menos, que no se lo lleven vivo. Su cabeza rebalsa de imágenes pasadas que no puede volver a soportar.
Corriendo agachado logra ocultarse detrás de un sillón, desde donde podrá ver cuando entren, pero será casi imposible que lo vean, a menos que enciendan las luces, y como la tecla no está al lado de la entrada, tendrá el tiempo justo para dispararles. Otro golpe sacude sus esperanzas. Casi lo logran. Recuerda que al entrar tan rápido no le puso llave a su cerradura inviolable. Busca la segunda munición. Sus dedos transpiran y hacen que la caja se resbale provocando que las balas se desparramen sobre la alfombra. No sabe cuantas había, pero por el poco ruido, supone que no más de dos o tres. Busca la única que le falta, tantea a sus lados. Cree encontrarla. La puerta cae, uno de ellos entra, y detrás el otro. Ve las sombras. Están ahí, cara a cara aunque no lo vean. Llegó el momento y como sea, no va a suceder otra vez. Se lo ha jurado. El primero en entrar toca las paredes buscando la llave de la luz. El segundo lo cubre apuntando. No hay más tiempo. No puede permitirlo. Entorna los ojos y contiene el aliento.
No se lo van a llevar.
Duda un momento.
El tiempo termina.
Decide.
El miedo también.



Campo de batalla



El sol los estrujaba y evaporaba toda gota de sudor que se atreviera a emerger.
Era una de esas tardes de verano en las que la calle se transformaba mágicamente en campo de juego y la pelota los unía en el ritual. Momentos inolvidables que se parecían más a un trance, que a un simple juego de niños.
Los gritos de festejos y de enojos callaban cualquier intento de llamado por parte de sus padres o abuelos.
El último gol recién había estallado y estaban a punto de retomar el encuentro cuando notaron que un carro de botellero se acercaba al paso tranquilo de su caballo.
Se corrieron para dejarle lugar, sin prestarle demasiada atención, todos muy apurados por continuar el partido.
A medida que el carro se acercaba, veían con más claridad que no venía un típico botellero, hombre grande, de apariencia desgastada y ruinosa, sino dos chicos, quizás como ellos, quizás más pequeños.
Como de costumbre, cada una de las pocas veces que un auto, bicicleta o carro se asomaba por esa calle, el alto del juego parecía interminable, y todos se ponían muy ansiosos.
Uno de los chicos más niños del grupo, y también el más tranquilo, se encontraba a la altura de un arco, cercano al lugar desde donde se aproximaba el carruaje.
Como los demás, él aguardaba quieto, profundamente deseoso de que termine ese minuto eterno.
Las ruedas del carro giraban lentas y despreocupadas, como cansadas, indiferentes a todo lo que pasaba en la calle. Y el anhelo del niño de continuar con el partido, inversamente proporcional a la lentitud de las ruedas, hizo que su primera calma, aparente calma, de a poquito fuese dejando lugar a un repetitivo movimiento tenso. Los segundos pasaban y la carreta tardaba cada vez más. Empezó a invadirlo una sensación confusa, como presintiendo algo malo.
Tuvo la impresión de que aquellos personajes salvajes, no sabía por qué, pero terminarían arruinándole por completo su juego. Dos botelleritos rufianes, resentidos por no poder estar jugando como ellos, harían su paso lo más lento posible para evitar que siguieran con el partido. Veía en sus caras las más explícitas señales de odio. Mientras en la suya, como espejo de aumento, sentía reflejarse sentimientos aun peores.
No tardó en imaginar la batalla en la que él y sus amigos, cual pueblo sufriendo una invasión, se apostarían para defenderse de esos rencorosos usurpadores empeñados por no dejarlos divertirse, solamente porque ellos no podían hacerlo.
Si no lo hacían rápido, ese carruaje, como un brutal vehículo de guerra arrastrado ya no por uno, sino por varios animales feroces capaces de devorarlos, acabaría con su juego y espacio que bien ganado tenían.
La amenaza era un hecho. Miró a sus compañeros buscando camaradería, y aunque notó el descontento con la situación, ninguno atinó a devolverle la mirada.

Su enojo aumentaba con cada paso de la fiera, y las ganas de golpearlos se hacían incontenibles. De manera violenta habría que enseñarles con quien se metían y ponerlos en su lugar.
Con apuro buscó algo que lo ayudase a consumar su acto bestial, y el arma, como parte de un destino nunca imaginado, estaba allí, esperándolo y presta a servir para lo que realmente había sido creada.
El poste izquierdo del arco se incrustaba entre sus manos, amenazante, listo a ejecutar el mandato.

Fruto inmaduro de un prejuicio infundado, aquel niño sereno se estaba transformando en un guerrero sanguinario, casi inhumano, capaz de aniquilar sin pena a un enemigo tan casual como imaginario.

El instante, eterno para él, en realidad duró muy poco. Cuando los dos distraídos ocupantes del carro advirtieron que estaban en medio de un partido agitaron rápidamente las riendas y el caballo aceleró su galope, alejándose velozmente y permitiendo que el juego se reinicie sin demoras.

Todos volvieron a jugar, menos él, que ya no pudo. Nueve años tenía y necesitó sentarse para entender.
Por unos cuantos minutos permaneció callado y pensante. Un guiño amargo desdibujaba su carita y sus ojos debían recurrir a todas sus fuerzas para contener el llanto.
Luego de un rato pareció despertarse. En silencio buscó una piedrita blanca, dibujó un corazón sobre la vereda y le coloreó una mitad, y con un pedacito de carbón, la otra.
Y por fin lloró, impotente y desconsolado, contemplando, a muy temprana edad, como su inocencia de niño se marchaba para siempre... al paso tranquilo de aquel caballo.