Duda



Lo mirábamos sin saber, estábamos cerca, y no lográbamos darnos cuenta.

El cuarto antiguo y pequeño, clausurado a la luz del día, comprimía la tensión y disipaba la noción del tiempo.
Ellos eran varios, alrededor nuestro, que nos amenazaban, que no habláramos.
Y nosotros, hasta nuestros latidos queríamos callar, para que no dudaran.
Conmovía el silencio, nos mirábamos de reojo, sin movernos. Nos observaban con recelo.
Tenían miedo de que alguno no fuera quien decía ser, y nos mostraban sus armas.
Entre ellos hablaban en voz muy baja y hacían gestos.
Los nervios podían traicionarlos, y hacerles perder la poca compasión que todavía ostentaban.
Era imposible no temerles.

Todos nosotros creíamos, y deseábamos, que el hombre tendido en el suelo fuese él. Pero ninguno estaba seguro, lo que aumentaba el temor.
Intuíamos que ellos sí lo sabían. Pero no teníamos forma de averiguarlo. No podíamos preguntarles. Había que fingir que nosotros también estábamos seguros, de que sí era, y callar.

No era solo el silencio lo que conmovía, también el frío, el frío de esa muerte y de nuestro sudor, que nos recorría y nos inquietaba. Que a cada momento nos mostraba que también éramos protagonistas.

Aunque habíamos trabajado muchísimo para encontrarlo, a esa altura ya nadie deseaba estar ahí. La duda no nos dejaba gozar, por nosotros y por tantos, esa muerte supuestamente justa.
Teníamos la primicia, y quizás la venganza, pero ya no la podíamos disfrutar genuinamente.
Los deseos de salir nos ganaban. La incertidumbre y el miedo a que se dieran cuenta, nos proponían esa encrucijada.
Luego de varias horas, nos convencimos de que no nos iríamos de allí con certeza alguna.
Casi como si lo hubiesen notado, de repente y sin avisarnos, decidieron sacarnos. En silencio, de muy mala gana y manera, nos llevaron lejos.

Era un hecho que esa duda no la resolveríamos aquel día, ni el siguiente, quizás nunca. Pensábamos que tal vez el tiempo nos ayudaría a saber la verdad.

Aun seguimos esperando.
Al mundo le hemos contado que fuimos sus ojos y oídos. Que la justicia divina hizo por fin su parte y se tomó desquite. Que solo expresamos verdad y ya no quedan inseguridades. Y la gente, tan necesitada de esa justicia y venganza, nos ha creído.
Pero nunca fue así.
La duda, lejos de marcharse, se agiganta con el tiempo y devora poco a poco nuestra paciencia y esperanzas.

Mientras tanto, seguimos deseando, con todo el corazón, que el hombre tendido en aquel suelo viejo haya sido él.
Igualado con su víctima en su estado natural.
Mas nunca igualado en la memoria.

“No se olviden...”, fue parte de la consigna.
Y no olvidamos.



Reconocimiento



Es hombre humilde, de caminar manso y modales simples.

Su sonrisa disimulada entre arrugas, confiesa una alegría imperfecta, hija de la resignación.
Hace tanto que habita la misma casita, que ya no recuerda si alguna vez tuvo otro hogar.
Fruto de un guaraní cansado, sus pocas palabras se insinúan deformadas por el tiempo y el trabajo duro.
Poco habla, y menos se le entiende. Mucho se ocupa y nada vive.
Saluda con gesto esmerado y condescendiente.
Nunca esboza lamentos y honra su vida de una sola manera, trabajando.
Ya en pie despide a la luna, y entre palas y escobas la vuelve a recibir.

Tiene a su cargo el mantenimiento de un colegio prestigioso, que en estos días celebra sus primeros cuarenta años.
La institución ha crecido mucho desde las dos aulas iniciales, y gran parte se logró gracias a su labor. Fue su pala afilada la que le arrancó la virginidad al terreno donde hoy se erige la escuela.
Siempre se sintió un tanto dueño de aquel emprendimiento. Pero nunca lo dice. No lo cree pertinente.
Al revés que sus patrones, su propia economía nunca le dio excedentes, pero jamás reclamó mejoras. Al contrario, se siente agradecido de ganar solamente lo que ellos crean justo.

Hoy hubo festejos, y al fin recibió su homenaje, tan justo como postergado. Los dueños lo felicitaron y le agradecieron tantos años de honestidad y sacrificio. Dijeron palabras honrosas ante un público emocionado y la gente lo aplaudió de pie y coreó su nombre. Todos le expresaron gratitud.
La celebración fue extensa, la emoción y los recuerdos llenaron las caras de sonrisas y de lágrimas, y el festejo fue una viva muestra del paso del tiempo.
Más tarde, luego de las distinciones y los aplausos, cuando la música y las palabras sentidas cedieron su espacio al murmullo de la retirada, él mismo se encargó de la limpieza y el orden. Le llevó un largo rato y cuando terminó, ya bastante tarde, tomó su bicicleta vieja, apagó las luces, y regresó despacito a su casa. Ansioso por contarles la experiencia a su esposa y a sus hijos, y a los nietitos que viven con ellos.
No se había animado a pedir permiso para invitarlos, y nadie se lo ofreció.
Al llegar lo recibieron con impaciencia y comenzó el relato apurado, contagiándolos de orgullo. Mate de por medio, la charla continuó hasta que dieron los ojos.
Y entonces llegó el tiempo del descanso, y cobijado por el sosiego posterior a una noche agitada, se concedió al sueño, escasamente reparador.
A las cinco, como siempre, tuvo que levantarse, para ser el primero en llegar a la escuela.

Al promediar la mañana se encontró con su patrón, quien lo saludó atentamente, mostrándole una mueca viciada de falsa complicidad. Y caminando a su lado, mirando al piso, le apoyó dos veces la mano en la espalda. Y viéndolo a la cara, una en el hombro. Como cada mañana.
Y sabiéndose nuevamente sin derecho a reclamos, le dio las gracias y continuó trabajando, acusando en su rostro el placer que da la inocencia, y aliviando el dolor en su espalda con el recuerdo vivo del reconocimiento.

Y la mañana siguió, y seguirá. Y como si no hubiera lugar para otra historia, él continuará siempre así, convencido, honrando su vida, disfrutando de ella y entregándola a cambio de elogios y de la tranquilidad de saber que no le falta empleo.

Y pasarán pocos años hasta que un día el agotamiento físico someta en el pleito al empeño.
Y entonces se irá.

Sabiendo.
Ignorando.

Sabiendo, que trabajó muy duro, dando todo lo que tuvo, de tiempo y de vida, y se lo reconocieron, y eso lo hizo muy feliz hasta sus últimas fuerzas.

Ignorando, porque nunca llegó a preguntárselo, cómo fue que le cambiaron de tal manera, el concepto de felicidad.



La historia que nunca existió

El Burrito no la picó para colocarla justo en el ángulo, en una de esas que si te la cuentan no la creés; Atilio no empujó con su grito cargado de llanto la corrida de Cuevitas para dar por muerto a un Racing que se venía; Angelito no entró a la cancha de boca tapándose la nariz; el Pelado no los calló en su propia casa; el Enzo nunca la clavó de chilena, Crespo tampoco; yo no lloré de chico en una definición intrascendente contra boca en Mar del Plata; el Beto no se la puso con la mano a Alzamendi en Japón; el Matador no se rompió el alma contra un palo en un nacional contra Ferro; nunca hubo una pelota naranja flotando en al aire como diciendo "acá estoy, usame, hacé de mí lo que te plazca"; no hay tal anillo del Capitán Beto; Juan Gilberto no guapeó como un titán para darnos la primera gloria internacional; la Maquinita no existió, es solo un cuento inventado por nuestros abuelos para hacernos creer que alguna vez fuimos grandes; los 18 años sin títulos nunca se terminaron; no existe, es pura imaginación de Oesterheld eso de un estadio que parece un templo sagrado, es mentira lo del templo que bombea pura sangre de calidad; no desborda de gente la cancha en cada partido; no salieron de un mismo club, tantísimos grandes que es difícil recordarlos a todos; no es River el club más ganador del país; no existió nunca un nene apodado "Conejito" que doblado en estatura por sus marcadores los dejaba incrédulos, yéndola a buscar adentro y con las piernas enredadas; mi viejo nunca se puso nervioso por mí una tarde de clásico, y tampoco me abrazó inundado de gozo festejando otro River Campeón; Córdoba no la despejó mal, provocando el centro perfecto de Escudero para que Crespo cabecee como lo grande que es, sin ponerse ni un poquito nervioso y nos de la segunda; el Maestro Pedernera nunca rompió una red de un zapatazo; el Mencho nunca hundió pelota, arquero, y todo lo que se interpusiera entre él y la red; Luque no hizo un gol de otro planeta, haciendo pasar de largo a un arquero que se quedó sin ver ni a Luque ni a la pelota, para luego acariciarla de taco al fondo; el Beto no hizo el gol que Pelé no pudo; el Muñeco nunca la colgó en un ángulo; el Pelado nunca se llevó puesta ninguna pierna metiéndole miedo visceral a los contrarios, tampoco el Mariscal, tampoco el Kaiser; el otro Pelado nunca definió como si estuviera en el patio de su casa; el Pato nunca la descolgó de donde no llegan ni las arañas; Amadeo nunca amagó un orsai, dejando al delantero en ridículo y quedándose con un gol hecho; el Cabezón no hizo veinticinco amagues adentro del área para desarmar otros tantos defensores y luego ponerla a cien metros del arquero, pero bien adentro del arco…

Mirá hijo, mirá todo lo que un puñado de inescrupulosos nos quieren hacer creer, que todo eso nunca pasó, que tal historia no existe y que nunca existirá, mirá qué crueles son.
Pero no les des el gusto hijo, no bajes los brazos, te pido que lo sigas sintiendo así como hasta ahora, así como desde la cuna lo sentiste. Orgulloso. No te arrepientas. Desde la cuna te imaginé de esta manera, y aunque hoy nos cueste, el dolor por verte así no me vence y no me arrepiento, desde la cuna lo viviste, lo gozaste y lo sufrís, y desde ahí tu grito me conmueve, desde ese tiempo planeamos juntos los abrazos de gol y las caras largas, desde mi cuna te soñé así, pasional, y ya desde tu cuna superaste por pasional mis sueños, desde la cuna tu memoria se formó de tal manera que ya supera por lejos a la mía, en esa cuna abrazaste tu primera número cinco, para nunca más soltarla, desde la cuna te ayudé a alentar y aprendiste a hacerlo mucho mejor que yo, desde la cuna fuiste poco a poco pintando tu corazón, y repintando el mío, y viviste sin saberlo, acaso algunos de los momentos más lindos de esta pasión, desde la cuna y sin entenderlo, tu sonrisa me contuvo en aquellos tiempos en que me ganaba la desazón, desde esa cuna que en su cabecera, bien cerca de tu carita dormida, vio depositarse hace hoy exactamente quince años, aquel humilde pañuelito rojo y blanco que pude traerte del templo, de ese templo que sí existe, y que aunque hoy esté tan demacrado, pronto, muy pronto, volverá a bombear la misma sangre de la mejor calidad. Hijo, desde esa cuna el sentimiento inexplicable te fue llenando con alegrías el alma y el cuerpo y hoy, de la misma inexplicable manera, dolorosamente veo ese sentimiento transformarse y rebalsarte en tristeza. Por favor hijo, no pienses que todo se perdió, no lo creas, ni creas lo que dicen afuera. Hijo, adentro, bien adentro en el corazón, sabemos que esto no es cierto, que ésta que estamos viviendo será la historia que nunca existió, y en poco tiempo lo podremos demostrar, y ahí estaremos, cantando, alentando y abrazándonos como siempre… fuerza hijo, renaceremos juntos.


Un sentimiento

Una locura sin razón. Un dolor sin consuelo. Unas lágrimas sin esperanzas. Un racimo de nervios irracionalmente justificados. Una lucha interna tan inútil como deliciosa. Un estómago duro como una roca. Una razón desvanecida ante un sentimiento que no deja lugar para otra cosa. Una vergüenza que quiero esconder. Una culpa porque mi misma sangre sufre producto de mi fanatismo. Una noche larguísima de insomnio. Una mañana demasiado difícil. Un montón de huecos en la memoria de lo que fue. Una visión poco clara de lo que va a ser. Una búsqueda de respuestas que nunca vendrán, o mejor dicho, que sí están, pero que no sirven para nada, pues nada podemos modificar.


Tarde



Se levantó agitado, invadido por la culpa.

La noche anterior había reprendido y golpeado brutalmente a su hijo, una vez más.
En el momento sintió haber hecho lo correcto, pero sueños cruentos le mostraron su exceso.
Fue rápidamente hasta la habitación. Quería pedirle perdón. No pudo. Lo acarició con la mirada y lloró. Lo contempló un momento mientras permanecía quieto en su cuna.
Se le hacía tarde. Se vistió presuroso. Cuando estuvo listo fue a saludarlo.
A pesar de su apuro lo destapó despacio.
Un moretón en una pierna lo paralizó. Y otro más, cerca del ojo. Y en la sábana una pequeña mancha de sangre que ya se había secado.
Tiras de imágenes horribles les estallaron en la conciencia. La vista nublada y las manos estremecidas.
Con todo el cuidado que pudo lo alzó en sus brazos para llevarlo con su mamá, que dormía. En el camino trastabilló con un juguete. No se despertó.
Lo apoyó con suavidad. Lo tapó. Se alejó unos pasos. Ninguno de los dos se movió.
Con un beso corto y en el aire, se despidió de ambos. Hasta la tarde.
Cerrando la puerta alcanzó a oír a su mujer que se quejaba, de la manía de su hijo de destaparse a mitad de la noche, y cómo no se enfermaba, con lo helado que amanecía siempre.



Del amor, la soledad



La noche crece y entristece. Han llegado las siete y es su hora. Uno a uno se ubican a su lado. Dos médicos, una enfermera, una sobrina de lejos y un joven que la acompañaba de a ratitos.

Cada tanto el asilo se pone así, algo otoñal y sugestivo, y cada uno de nosotros parece recobrar la memoria de lo que es, y se lo vuelve a preguntar.

Una expresión sobria rodea sus ojos cerrados.
Sobraba edad para esta viejita. Sobraban soledades y esperas, y con tanta vida también podría decirse que le han sobrado años.
Aunque yo no lo creo. Fue mi única amiga en esta última etapa y estoy agradecida que la tuve. Ella también me lo ha correspondido, muchas veces.
Ahora me he quedado algo vacía y sé que voy a extrañarla muchísimo, pero no puedo ser egoísta, y debo decir que igualmente me siento muy feliz por ella.
Ha vivido años muy largos, paciente y sufriendo.
Primero una pérdida, luego la otra.
Primero al hombre que amaba, luego a su querida hermana.
Decir si tuvo o no tuvo familia, en su caso es lo mismo.
Todo la fue dejando sola.

Al él, ya nunca lo quiso encontrar. Pudo más su amor propio.

A ella sí, y ha llegado el tiempo.

Mucho me ha contado de cuanto se quisieron y lo que se extrañaron. De cuando eran niñas, de sus planes juntas, de algunos pequeños logros y tantísimas pérdidas, y también, por supuesto, de la separación, demasiado cruda y dolorosamente tierna a la vez.
Con esos relatos, a los que la lentitud y parquedad de su voz no les quitaba encanto, viajábamos juntas hacia sus primeros años, a su precaria adolescencia y a su pronta juventud. Tiempos intensos que estrecharon tan fuerte el vínculo, que ni el océano que primero las distanció, ni el cielo que luego, demasiado temprano, se llevó a una de las dos, lograron desatar el nudo.

No todos acá conocen su historia. La mayoría ignora por qué a partir de aquella ausencia, su vida forjó un pacto tácito con la soledad.
A mí me lo ha mencionado muchas veces, y es notable como en tantas, nunca, pero nunca, confundió un detalle. Orgullosa de ellas y de su cuento, le daba vida imaginaria al interpretarlo, consciente de haberlo narrado hasta el cansancio, pero fingiendo ingenuidad para volver a hacerlo.

Había nacido en una Italia exigente, presta a combatir y siempre a la espera del conflicto, demandante de mujeres enérgicas y serviles, y en la que la fortaleza física, aun para nosotras, era determinante.
A los ojos de todos, ella había sido desde el principio la más frágil de las dos, la que a menudo caía enferma, y de quien nadie pensaba que podría vivir una vida plena.
Es muy difícil saber si eso era real, o quizás fruto de alguna elección cruel de esos miembros de la familia que carecían intencionalmente de sentimientos.
A mí siempre me aseguró que fue así, que ella estaba muy lejos de ser el tipo de mujer que se necesitaba en aquella época y por eso sufrió prematuramente el desamparo, hasta de su propia familia.
Aunque con el tiempo, de tanto escucharla, yo pude ir haciendo mis deducciones y creo que no me equivoco al intuir que esa hermana, que tan bien la conocía, debió ser la única persona que no la veía así, tan débil y carente de carácter y salud, como lo hacían los demás.
El amor mutuo debe haber sido de lo más genuino que uno alcance a imaginar, digno de sana envidia.
Tanto, que cuando tuvo que tomar una decisión no dudó en ayudarla para que ella que sí podría, hiciera uso de su inagotable salud y emprendiera con decisión y tranquilidad, ese camino que a priori era de ambas, pero que sabían, íntimamente, ya pertenecía a una de las dos.
Dueña de semejantes virtudes físicas, su hermana seguramente lograría vivir mucho más y mejor, y de esa manera honrar con sobras los honores de una familia que los necesitaba.

Y fue así, que nunca repararon en pesares, ninguna de las dos, ni la que se fue y seguramente extrañó hasta el último día, ni ella, que sola vivió, y la siguió extrañando hasta hoy.

Noventa y largos cumplió hace unos días, y el tiempo, que finge distracción pero bien entiende de injusticias, se tomó el paciente trabajo de mostrar a todos aquellos familiares imprudentes, que se habían equivocado demasiado.
Se fue, pienso, para no seguir burlándolos.

Contra tiempo y costumbres se amaron, cambiando reglas y sufriendo distancias, y aceptando las dos un destino impensado. Una volando, en compañía y muy lejos; ella disfrutando el desconsuelo de la soledad.

Y me quedo con el recuerdo de esa voz potente y penetrante, en la que yo me embarcaba y me dejaba llevar. Y que siempre, cada vez que llegaba al punto culminante del relato, me hacía sentir presente aquel día, cuando aun joven y algo enferma, derrochando grandeza sin quererlo, le pidió que fingiera ser ella, y cediéndole el amor del hombre que la tenía, a su querida hermana melliza, le entregó el resto de su vida.



En el nombre de la ciencia, del padre, de los hijos, y de todos los hijos de sus hijos



Emprende con lentitud el trayecto desde el estacionamiento hasta su oficina.

Doscientos pasos separan el auto de su nuevo sillón.
La arboleda lo abraza y acompaña su andar.
La imagen de sus hijos durmiendo, hace apenas unos minutos, le provoca una sonrisa.
Está tranquilo, sabe que falta mucho pero solo es cuestión de tiempo. Por ahora le alcanza con el reciente ascenso. Es un puesto clave, al que le fue muy difícil llegar, y que le asegura mucho poder.

Hasta hace unos años, cuando la compañía se estableció y en poco tiempo dio trabajo a cientos de personas, el pueblo perdía poco a poco su sangre y nadie arriesgaba un buen pronóstico.
Al llegar la empresa, todo comenzó a revertirse, y en los últimos meses, con la explosión de ventas de su nuevo producto, el número de empleados se multiplicó y se espera que continúe creciendo.

Promediando el camino hace un breve repaso mental de las últimas noticias, algunas hablan de su producto estrella, y dan cuenta del gran éxito.
El compromiso del gobierno y los medios de comunicación prestando su ayuda, especialmente en las campañas de marketing, ha logrado excelentes resultados.
Les costó mucho. Durante varios meses dedicaron incesante esfuerzo para concebirlo.
Se sucedieron eternas discusiones acerca de costos, tipos de diseño, ensayos, alternativas de materiales, y por supuesto, efectividad. El producto debía superar ampliamente a su antecesor.
El desafío era importante y hoy por fin siente en el pecho el inmenso placer del deber cumplido.
También hoy es consciente de la gran responsabilidad de tener varios proyectos nuevos esperando en sus manos.

Llegando a la entrada del pequeño edificio, donde se encuentran las oficinas de los ejecutivos, alguien lo recibe abriéndole la puerta.
El tramo final hasta su despacho lo ve pasar silencioso y saludando con ademanes de cortesía a todos, quienes lo observan con admiración.
Se ha transformado en una especie de símbolo de la compañía.
Es un científico notable, sus desarrollos no solo impulsan el crecimiento de la empresa, sino también del pueblo.

Al entrar en su oficina, una secretaria cuelga su saco y le ofrece café.
Mientras se acomoda, reordena las fotos de su familia. Lo hace lentamente, como disfrutando el momento.
Su esposa y sus hijos son su paraíso en vida, lo dice a menudo, y nadie duda que sea así.

Dos llamados telefónicos lo interrumpen.
Primero el intendente, para felicitarlo, desearle muchos más éxitos y recordarle que cuenta con su apoyo, incondicional.
Luego el cura, ahora transformado en obispo, para agradecerle por las obras de caridad y todos los puestos de trabajo que han generado. Le cuenta lo feliz que se siente de ver a su pueblo recuperando la fe, y lo importante de volver a ver gente en las iglesias.
Ambos han seguido de cerca su desarrollo y saben que el resurgimiento del lugar se lo deben a la compañía, y en especial a él.
Todo lo llena de orgullo.

Ya está acomodado en su nueva oficina.
Varias carpetas sobre el escritorio esperan su revisión y firma.
En alguna de ellas quizás se encuentre su próximo producto estrella.
Se recuesta sobre el respaldo del sillón, coloca las manos en la nuca y gira hacia el gran ventanal que tiene a sus espaldas. Sonríe al ver a los camiones de la compañía saliendo cargados de los depósitos, donde enormes misiles teledirigibles, ases del armamento actual, son cuidadosamente empacados para darles destino.
Su obsesión, último logro y motivo de su asenso. El producto estrella en el que puso tanto empeño y al que le dedicó hasta la última gota de destreza y conocimiento. Su mayor concepción científica. Sus hijos.



Ella, y los otros



Luego de cinco años de aislación, torturas y falsa esperanza, cayó demacrado y desnudo, ante una ráfaga de municiones que lo traspasó y dibujó el odio en su cuerpo. Deshaciéndose en sangre, casi no tuvo tiempo de desilusionarse. Agonizó creyendo que también lo estaban buscando, y el mundo estaba rezando, como la buscaban y rezaban por ella, como él también había rezado por ella.



Subido por la fuerza a una camioneta sin ventanas, con la cara tapada y atadas las manos, blanco de golpes y gritos que no entendía, Paulo comprendió que su mundo prometido comenzaba a desaparecer.
Brasileño de nacimiento, Gambiano de descendencia, vivía en Barranquilla desde hacía dos años. Lo había llevado allí una beca ganada en la universidad, y en pocos meses tenía previsto volver a Brasil.
En camino hacia lo que sería su destino, un desmayo certero lo ausentó por un rato, perdiendo algo de memoria y el registro completo del trayecto.
Ya bien adentro de la noche, desplomado sobre una cama de ramas secas, se resignó al sueño, y a lo que fuera que le esperara.
A las pocas horas despertó atado y amordazado dentro de una choza sucia, primitiva, y solo.
Durante los días siguientes, el hambre y las sogas se encargaron de presagiarle un final, del que solo lo separaban unos pocos años, interminables, de vida mortificante.
Nunca pudo comprender lo que pasaba, nunca supo si había sido víctima de un error, nunca se lo aclararon.
Su única esperanza se sujetaba a la idea de que muchos afuera estarían buscándolo, amigos, familia, policía, compañeros de trabajo y de universidad, algún funcionario local del gobierno de Brasil, personas anónimas solidarias.
Así vivió cinco años, aferrado a una espera que poco a poco se iba deformando a resignación. Y aunque nunca dudó que su familia y amigos no renunciarían hasta encontrarlo, el pasar del tiempo y los constantes rumores llegados de afuera, le demostraban que sin ayuda de la justicia, los medios de comunicación y los gobiernos, sería casi imposible su hallazgo.
En uno de los tantos traslados la conoció, no sabía quién era y un compañero de choza le contó la historia. Como casi todos los que alguna vez la conocieron, el golpe de confianza al verla fue muy fuerte. Por un momento se sintió igual a ella, o al menos igualado en el sufrimiento, sintió que si a ella, que hacía tanto tiempo estaba allí, aun la seguían buscando, y cada vez con más énfasis, seguramente también lo estarían haciendo con él y con el resto. Al conocerla y poder cruzar unas palabras, la idea de volver a ser libre retomó fuerzas.
Y entonces creyó, en la justicia, en los medios de comunicación, en los gobiernos.
Y rezó, por él, por sus compañeros de choza, y por ella.



2029



Ya no hay madres ni abuelas que los busquen.

No queda quien pelee por ellos y su nombre.
Lo único que se escucha es un llanto de dolor lejano en la historia. Un dolor que solo sienten los que ya se fueron, porque los que siguen solo podrán verlo en páginas parciales de algún libro.

En otra época todavía podía respirarse algún volátil aire de espera.
Ahora, ya hace tiempo que no hay.

Otra vez, y no como en los cuentos, en esta historia que es real, ha triunfado la desidia de los malos. Historia distinta de la enseñada, escrita con el padecimiento y el pulso de los que perdieron. Su vida, sus hijos, sus padres y los hijos de sus hijos, los que perdieron su sangre, su calma y su lucha, su descendencia y su paz. Esa historia con vencedores injustos, que nunca ofrecerá revancha y que acaba de llevarse al último eslabón de testigos y luchadores.
Abuelas no quedan, todas se han ido y nos consolamos con su ausencia.

Y ese dolor que persiste se hace adulto, porque hoy, abandonada en la cama vieja que alguna vez usó su hijo, la última madre acaba de marcharse para siempre, llevándose con ella el postrero bosquejo de confianza que los que quedan podrían tener en la justicia.

Y nos deja el duelo, por ellas, abuelas y madres que nunca hallaron en vida, el encuentro que seguramente les dará la muerte.



Tan solos



Naufragó su barco.
Aferrados a maderas rotas los recibió una isla tranquila y despoblada.
Hasta ser rescatados vivieron allí noches extensas y días calurosos.
Únicamente ellos, mujer y hombre, llenaban los espacios que la soledad planteaba.
Era uno de esos lugares donde el pecado pierde su nombre, altera su forma y cambia el sentido.
Ambos dignos del paladar más exquisito.
Y ambos tentados con tan cercano manjar...
y a pesar de todo...
nunca se besaron, ni siquiera se tocaron.
Para qué...
si tanta era la soledad...
que no había a quien contárselo.



Cambio de planes



Querida:
El sueño que intento conciliar no aparece ni en sombras debido a la duda incesante, que he de plantearte por medio de esta carta.
Una tristeza muy extraña noté ayer en ti, durante el funeral de tu esposo, trágicamente difunto.
No pude dejar de ver en tu persona los signos elocuentes del abatimiento, el desconcierto y la desesperanza. Desarmada en vida te percibí. Tus ojos, fuente interminable de lágrimas, llegaron incluso a mojar los míos a la distancia.
Lo que emanabas era una tristeza demasiado real, de muerte, de incertidumbre, del corazón.
Por supuesto siempre supuse que lo ibas a fingir muy bien, mas nunca creí que pudieras sufrirlo de esa manera. Eso sin dudas era fruto de la cruda realidad. Creo conocerte lo necesario como para sentir en mi pecho el alboroto del tuyo.
Con el fin de evitar sospechas en los presentes, me esforcé mucho por no exagerar mis condolencias ni mi abrazo contenedor. Necesité una frialdad extrema para no abrazarte y fundirme contigo como hubiese deseado.
Amor mío, objeto de mi pecado más terrible, hoy al fin tenemos en las manos todo lo que hace tanto queremos. Tenemos el tiempo, la fortuna, la pasión, las fuerzas. Y sobre todo nos tenemos a nosotros, libres, para disfrutarnos, para bajar los sueños a la tierra y vivir, por fin, juntos.
Y aun teniendo todo eso, no logro hacer que la duda abandone mi pensar. ¿Qué es, amor mío, lo que genera en ti tan denotada tristeza?


Querido:
He pensado largamente en estas horas, desde que mi esposo nos dejó.
Es verdad, mis lágrimas eran ciertas, no era yo quien manejaba mis ojos, y mi pesar no se lo desearía ni al verdugo más experimentado.
Es por eso que he pensado tanto y entonces pude darme cuenta de algo.
En realidad, mi amante fiel, quisiera que seas tú quien se quede con todo lo que hemos logrado. Con nuestro tiempo, con la fortuna que heredamos, con los sueños. Con todo lo que tenemos y sentimos puedes quedarte.
Disfruta todo lo que una vez planeamos, vive con pasión y recuérdame siempre, viva como hasta hoy.
Ya no te necesito.
Ya no te pienso ni te extraño.
Sé que soy cruel contigo, pero debes saber que el único sentimiento que hoy llena mi alma es la tristeza. Y es una tristeza sin adjetivos, una tristeza que no admite variantes ni apelación. Es la única y primitiva tristeza.
Y entonces, tú, motivo de mis planes más oscuros, también deberás entender que ya nada de lo que pensamos es lo mismo para mí.
Al armar con dedicación y esmero esta trama secreta, nunca supe contemplar algo que era tan importante como el plan mismo.
Y ahí radica, quiero que sepas, el motivo de mi tristeza.
Ahora nada de esto tiene sentido, querido...
...es que ya no tengo a quien engañar.