Nosotros


Los ojos que no comprenden, las manos que le pegan duro
esa flor que crece y crece, y grita y no para
y de vez en cuando aturde.

El cuervo que la huele y se va, mientras la tumba al viento
desgasta, pule, lleva y forma
el cielo que la cubre infinito.
Las culpas que la inventan, defendida, por mentiras
los cuerpos que la alimentan, la desgranan
y la desangran.
La sangre que le corre, como agua que la enfría
que la limpia, que la sacia oro caliente
que la mantiene aun viva.
Los discursos de siempre, la excusa, la musa, la gracia de la masa
los que gozan volando los discursos
los que discursan.
Los que la aplauden, los que la viven y la honran
los que la hunden despacio en sí misma
los suicidas.
El blanco el negro el gris, el azul de sus ojos gastados
el dorado que le quitan a gritos
su cara derrotada.
La carcaza que le inventan, la esperanza, que también le inventan
esperanzados y desprevenidos
que la apagan sin querer
El tiempo incalculable, que brota fuego en su corazón
la chapa de interminable, la realidad
que la golpea

que la mata
nosotros.

Ese mar

Como cruzar la calle, si no hay paso
si el viento me empuja
si el viento me frena
atender esos ojos cerrando los míos
matar el rayo que me quema
que trasluce y tortura
que me fija la mirada y me condena
matar los otros ojos
trepar en venas candentes
crecer dentro y exalar el mismo aire
correr por el puente clausurado
llegar al otro lado y volver a empezar
maldita la regla, maldita la mente
el libro, el condenado no, la razón
la mediocridad de ser correcto
por locuras razones no
por locuras razones sí
cómo cruzar ese mar
si el muelle no me ata
si yo solito me amarro
a la tierra
segura
y condenada
de mis suertes.

Siestas


 
Cuando el viento viejo me alcance, y yo esté manso, ya sin escaparle
y la luz sea más luz, y un parpadear se vuelva tan largo como respirar.
Cuando el ayer se haya olvidado de mí, junto a todas mis importancias
y no tenga encuentros por esperar.
Cuando el aire se vuelva pesado dentro mío, pero me eleve por fuera
y la montaña crezca inmensa y relajada bajo mis plantas.
Ahí, cuando el sur sea por fin el sur, ya sin norte que soñar, y te duermas esperándome.
Cuando ya nadie me pueda explicar nada, y yo no dé más explicaciones.
Cuando la penumbra sea tan inevitable como la luz que me iluminó,
mi árbol sea más árbol que nunca, y la gracia del río sea mi propia gracia.

Cuando el cruce de caminos ya no importe, y tome por fin el último camino.

La ansiedad que me haya llevado hasta allí se hará polvo bajo el sol.

Será verano y entonces, feliz, me sentaré a esperar que caigan las uvas
y los melones crezcan más rayados que nunca.
Volveré a dejarme calmar por el aire caliente de las primeras tardes, y me hundiré en la alegría de ganar un juego.
Hablaré con mi silencio y ganaré batallas de soldados rotos.
Y tal vez una mañana, regresando de un paseo bajo la lluvia, disfrutaré sin ansias el olor de la tierra mojada, y me volveré a refugiar bajo el mismo techo de chapas, para siempre.

Todo comenzará de nuevo, y a nadie le diré que me estoy yendo.

La somos

Ahí estamos, somos eso
el fin del principio
el camino hacia el fin
la foto del principio

todo somos
la huella del viento, la mentira del tiempo
la nada
que duró tan poco
y creó lo que somos
para desintegrarse
suicida
a sí misma

vamos solos, vamos juntos
cada uno en su momento
cada uno
solo
en su tiempo

somos la savia que muere
en la lava el volcán
somos el destino prefijado (redundancia necesaria)

no hay más manera
de ser lo que somos
no hay más manera de entendernos
que mirándonos
desde el destino

la causa y el efecto somos
y el efecto de la causa del efecto
seremos
que también, vida imperceptible
ya somos

del mismo instante partimos
y miramos
juntos, y solos
al mismo instante

somos la reacción en cadena
de todo lo que somos
eterna, transparente a nosotros
que inconscientes de ella
no la vemos, no la sentimos
no la creemos
pero siempre la somos.

Clona

La sombra de la luna
el brillo penetrante por la hendija y castiga
la luz que nunca se calla
y otra vez la telaraña, enredada en mi Zama

La canción perdida entre paredes viejas
el grito acunado por tu espanto
un perro moribundo que suspira
y el silencio venerado, después del llanto

Sube el canto a la cima
se anuda en mi cuello
baja el cielo y cobija
el pecho solo y sangrado

El sol de un viejo maya
calienta la poesía
la frase nunca dicha
la curva de un olvido más
que cierra los ojos, pero impide soñar.

La piedra

Mientras la piedra, inerte, se derrite
las ansias crecen
los ojos estorban
las manos tiemblan.

Cuando la piedra sea agua
no habrá más ansias
los ojos mirarán sólo hacia adentro
y las manos serán rocas, eternamente cruzadas.

Ilusas

…los anfitriones sacaban hábilmente la comida de la heladera, como si nada pasara, sin tocar las cabezas y sin mirarlas, tal vez por acostumbramiento, haciendo de cuenta que no estaban, o ignorándolas a propósito. Eso nos contagiaba y fingíamos igual indiferencia. Impregnados de tal realidad nos sentamos a la mesa, muy bien servida, al vino fresco y la comida lista, comensales indiscretos conversando de todo menos de ellas, insolentes cabezas cristalinas, que seguían ahí, cercanas, inquietas, pregonando atención toda vez que se abría la heladera, suplicando con los ojos, pegadas a nosotros, insistiendo, al principio constantes, luego con menos obstinación, presentes, pero a cada momento un poco más lejos, como yéndose despacio, como que la falta de miradas las llevaba lentamente al fondo, a un fondo invisible, a ir escondiéndose bien profundo en el hielo, en un fondo sin tiempo ni vida, ni día ni noche, hasta no me acuerdo cuándo y hasta ya no estar más que en nuestros sueños, lejanas, atemporales, a vivir solo en el recuerdo difícil que nos quedó de ellos, de ellas, del frío y de sus muecas, y perpetuarse únicamente en las preguntas que me hago, y que cada uno de los que almorzó allí ese día se hará siempre, hasta creernos que ya no están, y que nunca estuvieron, hasta hacernos carne en la mentira que nos inventamos, hasta callarlas y callarnos a nosotros mismos; cabezas inútiles, soberbias, ilusas, que alguna vez creyeron, al igual que nosotros, que las daríamos por vivas.

Mirá

Mirá el esclavo, que no escapa de su ira
mirá su mano, como se tuerce y no llega
los ojos sucios pegados al espejo
mirá, mirá como mira, y no ve nada.

Pobre esclavo adormecido
miralo como se consume y se vacía de sueños
mirá como pide perdón sin razón, con temor
pobrecito, miralo sin lástima, miralo con despecho.

Mirá sus piernas pidiendo coraje
su boca queriendo gritar fuerte, y mirá
como la cierra cobarde, temblando
con miedo al dolor, al pasto, al olvido.

Mirá al esclavo, mirá su pecho
qué poco se infla, y ya casi no bombea
mirá como pierde, la cordura triste
y la compostura, otrora envidiada.

Mirá, no piensa ni canta ni ríe
no llama, ya no huele el perfume, la sal
mirá su gesto amargo al tragar sin goce
el banquete que la vida le regala.

Mirá al esclavo, como ruge de angustia
y no dice nada, ni al cielo, ni al ayer
no dice hoy ni mañana, nada... nada!
No cree, y no quiere romper sus cadenas.

Mirá, miralo por favor! Abrí los ojos!
Rompete en tu propio espejo cagón!
Golpeate con bronca esa cara, la vida!
Mezquina y egoísta expresión desolada, golpeala!

Esclavo de vos mismo, estás mirando si verte
gritando sin creerte, llorando sin mojarte
soñando sin dormir, andando sin avanzar
estás muriendo, esclavo... estás muriendo sin vivir.

Ojo por ojo

Agua bendita para el magnate
flores grises para el pocero
hojas de hierba para el poeta
y máscaras de hierro al cobarde

Mentira impiadosa al embustero
relojes para el tiempo perdido
joyas de la abuela para la abuela
y cargas al hombro a los verdugos.

Fruta madura a la experiencia
ríos turbios de sangre azul
media luna para el sol muriente
y nubes eternas para sus ojos.

Un perro delirante para el hueso
robada víctima del cuervo
y cuervos hambrientos para la carne
que el pasado prometió juzgar.

Años

Un vaso sucio 
coloreado
rojo punzó
agobia sin espuma
hiela el silencio
desluce la foto

una lágrima invisible
una carcajada fingida

el muzgo pinta bancos, verdes y vacíos 
y abraza, disimulado, la fuente seca

la sombra cansada
valida la hora


el viejo mira
gasta la esquina
mira
escapado de otra tarde


sin aviso, sin sonido
un viento llega
sin permiso
y rompe el vaso
seca la lágrima
sincera la carcajada

vuelve a agradar la foto

y en la esquina
silencioso y quieto
el viejo ríe

el viento no lo toca

entiende, creo
que no son otras
la esquina, ni la fuente
ni es otro él
que ríe, una vez más
de la nada que ha quedado

La Mano

La mano casi no se mueve, ni un soplo viejo la estremece, ni la sangre densa que le corre a empujones.
Mira y piensa, encrucijada.
De vez en cuando monta en cólera, pero pertinente, siempre pertinente, no sea cosa...

Insegura, sufre, late, y ya no canta.
Come de sus uñas sucias, devora sin culpa su carne.
Lame con asco su propio sudor.
Sus jugos vitales mojan su sombra con desidia, ya sin vergüenza.
Hasta la respiración, que es lenta y esquiva, parece abandonarla.

A veces duerme, pero en el sueño vomita histeria. Nunca descansa.
Se pudre de a poco, mira de reojo, con bronca, con impotencia.

La mano no habla, pero aulla nerviosa.
No pide ni da, no ofrece nada, y tampoco reclama. No reza, no quiere ayuda. 

La mano va a morir, pero no despierta, ni ruega, ni nada.
Solo está, por ahora.
Inconclusa.



Juan espera



1994

Villa “Setenta”. Gran Buenos Aires.

Juan despierta.
El cañaveral que separa su casita de la del vecino, tapa parte del sol. Su casa está inmersa en la espesura de la villa. La poca luz que llega a su habitación le brilla en la carita y lo invita a salir.
Su madre, Gladys, no está en casa, hace unas cuatro horas salió con su hermano más chiquito, Matías.
Fueron al hospital, porque Matías hace tres días que no respira bien. Ya le debe estar tocando su turno, o no, quizás vuelvan recién a la noche.
Su papá no está en casa. Hace mucho que no está.
El que tampoco está, es el papá de Matías, aunque a él lo ven cada tanto.
Juan sale buscando a su mamá.
Jennifer, su hermana mayor, incluso más grande que Loana, la segunda de las nenas, le cuenta que su mamá no va a estar en todo el día, y que ella se tiene que ir a buscar algo para comer.
Le pide que se porte bien, que Marta, la vecina, lo va a cuidar. Al ratito llega Marta.
Juan siente que tiene hambre, por suerte no frío, es verano. Como puede se trepa a la mesa y busca algo para comer pero nada encuentra. Su expresión no cambia, por ahora solo tiene hambre.
Al costado de la cocina hay un mueble convertido en alacena, donde mamá cuando tiene, guarda galletas, o pan.
Nunca las dos cosas. Nunca hubo las dos cosas.
Juan trata de abrir la puerta del mueble y no puede. Está dura y sus fuerzas no le alcanzan. Inútilmente se cuelga de la manija, nunca podría abrirla.
Loana lo hace por él y le muestra que no hay nada adentro.
Lo abraza fuerte y se va. Jennifer le rogó que la acompañara porque ayer un hombre a quien le pidió una monedita la quiso subir a su auto. Ella pudo escaparse, pero igual tiene miedo.
Juan parece entender. Tiene que entender.
Él tampoco respira bien desde hace unos días, pero es más grande y seguro es más fuerte que Matías, por eso puede aguantar más.
El invierno pasado su mamá lo tuvo que llevar al hospital, en realidad también lo llevó a Matías, pero en la panza.
Este es el segundo verano de Juan. Le gusta más el verano, en invierno hace mucho frío.
Ojala Jennifer consiga algo para comer, hoy, o sino mañana. Ojala que no pase de mañana.
Juan sale al patio, se sienta, solito, casi desnudo, y espera.

Club de Campo San Ignacio, vías de por medio con la villa “Setenta”.

Nicolás duerme en su habitación, contigua a las de sus hermanos. Su casa se pierde dentro del gran parque que la rodea, es una de las más grandes del “barrio”.
Su mamá lo despierta con un beso. Abre las cortinas y le permite al sol calentarle la carita. Llama a sus hermanas, Candela y Jorgelina, mayores que Nico y va a buscar a Fede, el más chiquitito.
Todos juegan un rato entre los almohadones. Su mamá lo ayuda a vestirse y bajan a desayunar.
En la cocina los espera su papá, el Sr. Miguens, y Norma. Norma es la mucama, es una de las mucamas, la preferida de Nico. Les sirve el desayuno. A Nico le gustan mucho las tostaditas con dulce que le prepara su papá, en cambio Cande y Jorgelina prefieren las galletitas.
Fede no se despega de la mamadera.
El ritual se prolonga por casi una hora.
Nicolás sale al parque a jugar con sus hermanas y con los perros.
Está contento porque sus abuelos le regalaron una bici nueva. No una común, sino una a batería, que funciona con solo apretar un botón.
Su papá le cuenta que a la tarde llegarán los tíos del campo, esos a los que él quiere mucho, especialmente a la tía Amalia.
Nico se pone entonces, más contento aún.
Juega, y también espera.

1998

Juan cumplió ya seis años, hoy debería comenzar la escuela. Irá a primero, o eso cree.
El guardapolvo de Jennifer le queda algo grande. Su mamá se lo arremanga.
Juan no entiende muy bien que va a hacer en la escuela, en realidad no entiende bien qué es la escuela.
Loana todavía va. A veces va.
Jennifer hace tiempo que desistió. Le rinde más salir a buscar comida. Aunque siempre que puede le pide a Loana que la acompañe. Si bien sus doce años le dan cierta experiencia todavía no le gusta salir sola, y la compañía de su hermana, aunque menor, le hace sentir más segura.
Juan lleva mochila, y zapatillas gastadísimas.
Su mamá no lo puede acompañar, está embarazada y en reposo. No puede levantarse porque hay riesgo de que pierda al bebé. Está triste por no poder ir, o por tener que estar en cama.
Juan le seca algunas lágrimas y como puede, le sonríe.
Lo va a llevar Jennifer, antes de irse a trabajar, a pedir.
Lo acompaña, lo despide en la puerta de la escuela y se va. Juan entra. Su expresión no cambia. Nunca cambia.
Cuando vuelva a la tarde es posible que tenga que salir con Jennifer, a buscar algo para la noche. Así lo hizo durante el verano.
No es un día más. Juan empieza el colegio.
Es un día más.

Nico y toda su familia se aprestan para ir a la escuela. Hoy es el gran día, Nico por fin empieza primer grado. Lo esperó con ansias durante todas las vacaciones. Todos están muy emocionados.
Muchos amigos y experiencias nuevas lo esperan a partir de ahora.
Es una escuela muy linda, tiene campo de deportes, estudios de música, salas de pintura y hasta un teatro.
Todos participan activamente del acto. Un nuevo ciclo se abre en la vida de Nico.
A la tarde lo van a ir a buscar, y lo recibirán con aplausos y con algarabía.
En su casa habrá una merienda especialmente preparada para festejar.


2001

Juan es internado por tercera vez en un año.
Los problemas de una mala nutrición le han ido causando una baja importante en las defensas.
Hace tiempo está cada día más débil.
La última vez que lo internaron tuvieron mucha suerte y lograron salvarlo.
Juan anda gran parte del tiempo descalzo. Hace una semana se lastimó un pie mientras jugaba con otros chicos del barrio.
A la pelota.
Descalzo.
No parecía una lastimadura importante. Gladys, su mamá, lo curó como pudo y lo vendó.
Ayer al internarlo tenía mucha fiebre, el pie muy hinchado, la pierna más que morada y la venda irreconociblemente negra.
A Juan lo derivan a un hospital mejor equipado en la ciudad de Buenos Aires. En la capital. Los diagnósticos no son buenos y es mejor que lo traten en un lugar más adecuado.
Juan no respira bien, y la fiebre no cesa.
Matías y Joaquín, de siete y tres años, quedan al cuidado de Loana.
Gladys se va con Juan para el nuevo hospital. Está muy triste. Sabe que es extremadamente grave.
Juan sigue igual, su expresión no cambia. Su estado de ánimo tampoco, solo se queja cada tanto, cuando le duelen los pinchazos, con los que le sacan sangre de la pierna. Su mamá le muestra un dibujito que le mandó Joaquín, quien dibuja muy bien a pesar de ser muy chico. Lo hizo sonriendo, con una pelota al lado, y sin zapatillas. Después de mirarlo detenidamente, Juan lo dobla despacito y lo aprieta con su mano, lo más fuerte que puede, como si quisiera aferrarse a ese bosquejo de sonrisa que su hermanito recuerda.
En este hospital le repiten los diagnósticos. No le dan mucha esperanza. Le dicen a Gladys que hay que aguardar y dejar que actúe el tiempo.
Entonces Juan y su mamá se disponen, otra vez, a esperar.

Hace unos meses Nicolás se enfermó de un problema cardiaco muy raro. Tan raro que expertos de las universidades más prestigiosas están estudiando el tema.
Aún no han podido determinar el origen. Los médicos dicen, como siempre que no saben algo, que puede ser un virus, o una bacteria.
Nicolás está ahora internado, y muy grave.
El Sanatorio de La Concepción de María se convirtió en un centro de convenciones de médicos. Todos estudian el caso de Nicolás.
Su corazón late cada día con menos fuerza, al tiempo que aumenta su tamaño.
La única posibilidad viable para salvarlo sería un transplante. Y aún así nadie se anima a pronosticar un éxito seguro.
De cualquier manera conseguir un corazón sano es muy difícil, generalmente se tarda mucho. Y no creen que el suyo pueda aguantar ese tiempo.
Su familia está destrozada. Vinieron a verlo los tíos del campo y hasta unos familiares que viven en Suiza. No pueden creer como alguien tan vital como Nico puede estar pasando por esto.
A pesar de estar muy grave Nicolás está conciente, y, lo que es mejor, está contento y muy esperanzado. Nadie lo puede entender.
Todo el sistema de búsqueda de donantes se puso a funcionar a pleno. Pero el corazón no aparece. Y aun si apareciera, en la lista hay otros chicos antes que Nicolás.
Pasan los días y no pasa el sufrimiento. Nico empeora.
El Sr. Miguens acude desesperado, pero calmo, al hospital público más prestigioso del país. Intenta una jugada más para conseguir un corazón.
Los médicos del hospital le comunican que ninguno de los enfermos terminales que hay en ese momento se ha declarado como donante.
El Sr. Miguens se retira del hospital, desesperanzado.
Al rato vuelve y pide hablar con el máximo director, el Dr. Estrada. Este, sin dudarlo, lo recibe, gustoso, en su despacho.
Haciendo un gesto disimulado pero que todos entenderían el Sr. Miguens le consulta al Dr. Estrada cuales serían los pacientes capaces de salvar a su hijo, en caso de declararse donantes, por supuesto.
El Dr. Estrada cierra la puerta de su despacho.
Pasan unos pocos minutos. El Sr. Miguens se dirige a la habitación 624 del hospital, allí hay varios enfermos terminales.
Mira hacia ambos lados. La hilera de camas parece no terminar.
Camina hasta la cama cinco, donde una mujer cuida de las últimas horas de su hijo, enfermo de tantas cosas como hambre tuvo en su vida, su corta vida.
Llora las últimas horas de su niño.
El Sr. Miguens se acerca a la mujer y luego de saludarla le habla con voz muy baja. Ella parece no entender. Instantes después el Sr. Miguens le acerca un papel, y una lapicera, de oro, que toma de su saco.
Gladys firma la declaración donde dice que Juan es futuro donante.

Todos los medios repasaron una y otra vez la historia de Nicolás. Se llenaron interminables horas de radio y televisión. Su rostro apareció en los diarios y revistas más importantes del mundo.
Se halagó hasta el hartazgo el sistema nacional de donantes. Y se elogió incansablemente la labor del equipo médico.

Hasta transmitieron en directo el operativo y el vuelo del helicóptero que trajo el corazón desde la lejana Resistencia, en la provincia del Chaco...

2002

Pegado al perimetral del Club de Campo San Ignacio, del lado de afuera, justo delante de las vías.
Justo frente a la villa “Setenta”.

Nicolás, su mamá y su papá visitan a Gladys y a los suyos en su nueva casa. El parque es muy lindo, lleno de plantas. Hasta tiene una pileta.
Ya no tienen hambre. Por ahora no tienen hambre.
Gladys se da el lujo de convidar a los Miguens con un poco de torta, y de café.
Nicolás está muy recuperado y agradece con toda su alma a Gladys, al tiempo que le manifiesta su inmenso pesar por lo de Juan.

El silencio une a las dos familias.

Jennifer se esconde, paralizada. No quiere salir a saludar. Reconoce al señor que la quiso subir a su auto.


Polifonías



Nacen, crecen, se proliferan. Mueren y vuelven a emerger.
Fingen no estar, retornan para mostrarse.
Desean salir y se contienen. Salen y ya no quieren entrar.
Atormentan, reconfortan. Despejan y multiplican dudas. Descifran sentimientos y disimulan pesares.
Caen, se levantan, caemos y nos levantan.
Están aunque no les demos atención. Resisten las censuras más inescrupulosas.
Son los gritos de los muchos, y las órdenes de los pocos. Es el acatamiento a la vida y la aceptación de la desgracia como condena de los desgraciados.
Es el sollozo de los negros y la carcajada de los blancos. El ruido vivo de los vivos y el contenido ruido de los idos.
Es la quimera de quienes no se resignan y el adiós de los que se dan por perdidos.
Son todas las verdades que no conocieron la luz, y todas las mentiras hacedoras de penumbras.
Es el canto resignado del deber cumplido.
Es el estallido de gol y es el lamento.

Y es también la desesperación ahogada de un dolor sin testigos.

Son mis voces internas.
Son mis polifonías.

Son los ecos que nos rodean.

Nuestras polifonías.

Perdón

Como quien busca matar un demonio que empuja de adentro, se presiona fuerte el estómago y dobla con violencia su cuerpo temblante. Mira a todos alrededor. Por momentos se sienta, mira hacia arriba, transpira, y otra vez se para y camina. Vuelve a sentarse. Grita que mantengan distancia, que nadie se le acerque. Parece desesperar, se confunde, tiembla, repite, balbucea. De pronto aparenta calmarse, habla mejor, retoma el control de su voz y explica; intenta explicar, pero la serenidad dura poco, la voz se le transforma otra vez en un hilo agudo y palpitante… vuelve a desesperarse…

“Sáquenme de acá por favor. Entiendan mi desconcierto. Estoy pidiéndoles ayuda, ¿no se dan cuenta? ¡Sino ya lo hubiese hecho! Me desespera esto. No sé más que hacer. Esta presión me lleva de a poco. Hagan algo por mí, por favor. No fue mi culpa. Solamente quería dormir. Nada más. Era tarde. No me lo sigan echando en cara. Si nadie se levantó, nada, me dejaron a mí. Y yo tuve que hacerme responsable. ¡Qué querías que haga! No me mires así, vos hubieras hecho lo mismo. Tantas veces lo hablamos. Ya no lo puedo seguir repitiendo. Por favor, ayudame, ayúdenme. Alguien que entienda. No puedo seguir con esto. No soy cobarde, ni valiente, nada. No lo hice por mí. Como siempre, como toda la vida, no pensaba en mí. No sabía qué podía pasar. Con esos gritos inentendibles. Hace tanto y todavía no lo supero. Por eso pido que me ayuden. Si no me pueden salvar, por favor ayúdenme a decírselo. Quiero que sepa por qué hice eso. Qué sepa de mi amor. Yo se lo dije, pero creo que no me escuchó. Eso me mata aunque no quiera, por eso desearía irme, a decírselo. Quiero y no, por los demás. Se fue pidiendo ayuda. ¿Entienden? Pidiendo ayuda se fue. Sí, entienden. Lo que no entienden es mi dolor. Mi arrepentimiento. Mi vida desesperada. Mis días cortos y oscuros. Y las noches, perpetuas, impostergables, en las que esos gritos me siguen calando el corazón. A la misma hora, todas las noches. Todas las noches. Escucho los gritos. Otra vez, esos gritos. Y vuelvo a despertarme, si es que pude dormirme y no sigo todavía en vela esperándolos. Porque siempre vuelven. ¿Saben? Siempre vuelven. Y me levanto. Y otra vez trato de espiar por las hendijas del postigo. Y no veo nada. Y me vuelvo a acostar. Vos dormís. Todos duermen. Pero los gritos siguen. Y otra vez pruebo ver por la otra ventana. Y ahí veo la sombra. Pero el sueño no me deja enfocarme, me confundo. Y no sé bien de donde viene la sombra. Trato de adivinar qué luz la proyecta. Trato de ver qué pasa, quién es, quiénes son. La sombra se mueve, es como que se retuerce. No puedo darme cuenta. Pienso. ¿Qué hago, salgo? Mejor no, todavía no. No sé qué pasa. ¿Y si es una trampa? A ver si todavía... A ver si quieren entrar acá. Mejor espero. Y de nuevo el grito ahogado. Y un golpe. Le deben estar pegando a alguien. Algo de eso debe ser. Sino no se explican esos quejidos. No entiendo si pide ayuda o qué. ¿Por qué no corre? Voy a llamar a la policía. Tengo que hacerlo. Pero no sé qué hacer. Si llamo me van a preguntar, y después… no, no quiero que nadie me venga a buscar. Podría hacer un llamado anónimo, pero no, van a venir, se van a dar cuenta. No. No llamo. Espero, debe ser una pelea más, siempre hay gente que pelea. Además me parece que todos los gritos no son de la misma voz. Bah, no sé, es difícil darse cuenta de eso, pero sí, no es la misma voz. Entonces no es tan grave. Debe ser entre dos, o más. Si le estuvieran pegando a una sola persona sería más grave, y entonces sí tendría que llamar a la policía. Pero si son dos, que se arreglen. Ya se van a cansar. Aunque no me queda claro si son dos las voces, o es la misma. Es difícil, suena tan desgarrada que no me doy cuenta. Mejor me voy a acostar. Tengo mucho sueño. Ya se van a ir. O alguien va a salir, o van llamar a la policía. Yo no me voy a meter. No me gustan los problemas. Si nosotros nunca nos metemos en líos. No me voy a involucrar. Algo debe haber para que esté pasando esto. A mí nunca me pasan esas cosas. Las cosas les pasan a los que las buscan. Los problemas no vienen solos. Me voy a dormir, yo mañana tengo que trabajar. Seguramente esta gente no, esa es la cuestión. No tienen nada que hacer. Que se arreglen. Si sale alguien mejor, así se dejan de hacer ruido. Y sino que me importa. Ya se van a callar, no puede durar toda la noche… ¡Pero por dios! ¡Siguen! ¡No me voy a poder dormir! ¡Cómo puede ser tal falta de respeto! ¡¿Qué hago?! ¿Y si prendo y apago alguna luz de afuera? Capaz que se dan cuenta y se van. No. A ver si en vez de irse se la toman con nosotros. ¿Podrá ser que nadie salga? ¡¿No hay un vecino que se apiade y salga?! ¡Esos quejidos me duelen a mí carajo! Si alguien sale yo también. Algo hay que hacer. Voy a esperar un poquito a ver si alguien se anima, o por lo menos prende alguna luz. Si algún vecino se asoma yo lo acompaño, así somos más, por las dudas. Por la ventana del costado no se ve nada, me tapa esa maldita planta que no quise cortar. Si pudiera ver un poquito, quizás me tranquilizaría. Algo de culpa debe tener quien esté quejándose así. Prefiero pensar eso. Así no me hace tanto mal. Sufro mucho el dolor ajeno, me da compasión. Por suerte tengo buena habilidad para encontrar la culpa de cualquier sufrimiento, que generalmente es de quien lo está padeciendo. Cada uno carga y sufre por sus propias debilidades. ¡Que alguien me demuestre lo contrario! Con eso no solo me libro de culpa yo, también logro no deprimirme. Sino después no me puedo dormir. Sé que no está bien. Siempre me lo cuestioné, pero nada más desde la teoría, nunca en una situación límite como esta. ¿Qué? ¿límite dije? No, no es una situación límite, para eso deberían estar involucradas personas de bien, y dudo que estas personas lo sean, peleándose a esta hora. No sé qué hacer. Alguien más debe haber escuchado. Y si todavía nadie salió, entonces no me debo estar equivocando tanto. Son tiempos muy difíciles, no te podés meter así no más en problemas. Antes las cosas se arreglaban con un par de trompadas los hombres, o tiradas de pelos las mujeres, ahora te matan. ¡Hay un auto! ¡Llegó un auto! ¡Paró ahí! Pero no apaga el motor. ¡¿Qué carajo pasa?! ¿Abren una puerta? A ver, no veo pero por el ruido me parece eso, por lo menos una puerta del auto abrieron. Debe ser viejo, por el ruido del motor. Pareciera que se están calmando. Están hablando. No entiendo nada de lo que dicen. Ya no gritan. Por ahí es la policía. No veo las luces de la policía, pero pueden estar de civil. Ojalá que sea la policía así se llevan a quien sea y listo. Yo si me preguntan voy a decir que no vi ni escuché nada. Que ni siquiera me desperté. Por ninguna de las dos ventanas que dan a la calle puedo ver. Ya ni veo las sombras. Me parece que se tranquilizaron. Hablan despacio, el auto sigue en marcha y casi no se escuchan. Menos mal. Ya me estaban afectando los nervios y dando dolor de panza. Ya se van a ir. Tengo que dormir. ¡Pero la puta, ahora no tengo sueño! Ya se me fue el sueño. ¡Por Dios! Voy despacio a la cocina, en medias, para no despertar a nadie. Aunque si no se despertaron con esos ruidos... Me guío con las manos y con la poca luz de los faroles de afuera. Prendo la luz chiquita de arriba de la mesada. Con ella me basta y de afuera no se percibe. Afino el oído para tratar de escuchar algo más y ya calmarme del todo. Me siento. El auto no se apaga. Llega otro con una sirena. No logro serenarme del todo. Pero ya está pasando. Seguro en un rato se van, se llevan a todos y listo. Es rico el té caliente haciendo tanto frío. Estoy con poca ropa, de los nervios ni me di cuenta del frío. Recién ahora voy tomando consciencia. Menos mal que no salí. Despacio me voy yendo a mi cama, a hacerme que duermo. Tengo más frío. Y ganas de llorar. Ahora que estoy bajando mi tensión, me relajo y vuelvo a sentir. Regulo la estufa. Cierro los ojos. Camino con los ojos cerrados. Respiro hondo. Lloro, no entiendo por qué, lloro mucho. Desde el pasillo de las piezas escucho pasos que se acercan por la calle o la vereda. Golpean las manos en nuestra puerta. En nuestra puerta. ¿Por qué? ¡Por qué en la nuestra, y no en frente o al lado! ¡Por qué ese maldito golpe en nuestra puerta! Finjo que no escucho. No quiero escuchar. ¡No! ¡No quiero escuchar más ese golpe! ¡¡Basta..!! Vuelven a golpear. Hace tanto tiempo y siguen golpeando, y no se van, nunca se van. En nuestra puerta me duelen los golpes. Afuera nunca no se callan los gritos. Y adentro, los pasos y los golpes y los gritos, que me llevan otra vez a su habitación, como tantas noches, para que no se resfríe, a cubrirle la espalda, con esa manta ya para siempre vacía. No podía yo saberlo, si cuando me acosté estaba ahí. ¡Cómo iba a imaginarlo! ¡¿Por qué?! Ya no lo soporto. Quiero terminar con esto. Sé que no fue mi culpa, pero no dejo de sentirla. No voy a seguir. Perdónenme todos, ya no necesito ayuda, me voy, me voy, a pedirle perdón.”

Mi deber cumplido

Anuda la manga estirada del pulóver, parece confundirse, cruza una pierna por debajo de la otra, escribe:

“Todavía me cuesta creer que pude salir. Pensé que no lo iba a superar, con lo reciente que es, por suerte me parece lejano. Ahora que lo tengo más claro, me gusta recordar, un poco lo disfruto.

Te dejo esto para que sepas que estoy bien, y para volver a agradecértelo.

Sé que mucho de lo que viví fue gracias a vos, y nunca voy a olvidar que fuiste vos quien me acercó, y cuando pasó un tiempito casi no me conocías, de cómo me había fanatizado. Pensar que yo ni sabía que existía, y qué importante se volvió después…Cuando a lo lejos comenzaba a verle la cara, que nunca importaba que estuviera lejos, porque brillaba de una manera que acortaba distancias… Y empecé a escuchar su voz, y a disfrutarla… ¡qué locura esa voz! ¡Y esos ojos! Y de a poco me fui interesando en su vida, y me gustaba aprender lo que me enseñabas, de esa vida agraciada, quizás demasiado agraciada, tan llena de éxitos, tan arriba de nosotros… quizás demasiado.

Fueron momentos imborrables que hoy, a pesar de todo, me siguen llenando el alma… igual que cada una de las veces que estuve cerca, aun anónimamente, sin que se diera cuenta, cerca con el corazón. Aquel cruce de miradas en el pasillo, haciendo míos esos ojos que no hubiese querido devolverle nunca, cómo voy a olvidar esos momentos.

Ahora que veo todo lejos, me reconforta. De verdad creí que me iba a terminar. Y pensar que al principio, acercarme y rozar su piel eran deseos quiméricos. Jamás pensé que me lo iba a permitir.

Me acuerdo cuando decía que nos ponía pidiéndonos que vayamos en secreto a algún lugar, para dejarnos esperando algo que no iba a llegar nunca. Y decía que lo hacía para ver si seguíamos fieles. ¡Cómo no íbamos a seguir fieles! Yo por lo menos… tengo la conciencia tranquila, nunca defraudé sus proposiciones, y no las voy a defraudar, eso seguro. ¡Eso es amor che!

Con decirte que una vez corrí casi treinta cuadras desde casa hasta la ruta porque decían que iba a pasar. Bah… qué te voy a decir a vos, si estabas conmigo, siempre estabas conmigo, no te ibas nunca… Yo jamás había estado tan cerca, iba a ser la primera vez y cómo corrí… bien fuerte, todo lo fuerte que pude... Ya sé que fue en vano, pero no me molestó, igual me gustó hacerlo, aunque nunca haya pasado. Demostrarle amor y devoción incondicional me llenaba de orgullo.

Siempre voy a adorar su genialidad, su estampa, su manejo de los tiempos, todo ese éxito magistralmente manejado. ¡Qué manera de triunfar! ¿Por qué siempre estuve tan lejos de eso?

Sé que si no hubiese sido por vos, yo seguramente no… No entendí esa mirada tuya, igual te lo agradezco.

Vos también debés tener unos cuantos recuerdos.

Pensar que me fuiste a buscar y casi nos peleamos porque yo no quería volverme. Es que era el momento, ¿cómo puede ser que nunca lo hayas entendido? Estaba ahí, cerquita, a mi alcance. Me había preparado mucho para eso, para que no se me vaya, ¡cómo me iba a volver con vos! Si estaba ahí, en la salida, ¡ahí, en el pasillo!, con la sonrisa abierta y los cristales de la ducha brillándole en la cara… con el pelo mojado, con ese cansancio satisfactorio de haber conmovido a tanta gente, todo eso en frente mío. ¡Y el guiño! Ese que solamente yo capté. ¡Cómo me iba a volver con vos! ¡Si me hizo un guiño como creo nunca le había hecho a nadie! Y no era para vos. Ojalá algún día te convenzas de eso.

No me acuerdo muy bien del taxi viejo que paré primero, y que dejé ir porque no le tuve fe, no sé por qué no pude retener eso… del otro sí, del más moderno sí me acuerdo, que llegó en seguida, como si me lo hubiese mandado invitándome, de ese sí me acuerdo, pobre taxista. Y de vos… subiéndote de última, casi resignándote a no poder convencerme. Tengo todo tan presente… como si hubiese sido ayer. Está bien que no pasó tanto tiempo, pero para mí fueron siglos. Esos minutos larguísimos que parecían estancarse, hasta que al final salió y asomándose entre la curiosidad de la gente me miró ¡A mí me miró! Bajando apenitas la ventanilla pudo filtrar un rayito de luz de esos ojos para mirarme, y solo con eso llamarme, urgente. Así, sin decir nada. ¡Urgente!

A veces siento que me mira igual que aquella vez, con esa sonrisa compinche que sacaba.

¡Cómo no iba a irme en su búsqueda! Si con esas miradas estábamos pactando secretamente la persecución, procurando que nadie lo notara, solamente con un guiño. No podía no ir, ¡tenés que entenderlo!

Qué lindo fue el juego, algo previsto sin prever, un juego que empezó a las pocas cuadras, y no porque yo lo haya buscado, no, yo creo que me lo propuso como un reto, a ver si podía ponerme a la par, algo así como un desafío. ¿Te acordás que no lo empecé yo, no? Me retó como quien invita a un duelo sexual, y espera una única y predecible respuesta, o quizás también para demostrarme una vez más su superioridad… quizás las dos cosas, igual ya no importa. Sé que nadie lo entendió de esa manera, pero fue así, me retó, nunca me van a convencer de lo contario. De otra forma no hubiese ido. Puedo soportar todo lo que digan, ya no va a hacerme mal.

Sabés, anteayer fui, a ver si me hablaba, estuve un rato largo tomándome todo el frío del umbral, pero no salió, debí suponerlo, hacía demasiado frío. Es posible que en unos días vaya otra vez. Seguro sale. La otra vez me pareció que me hacía una seña desde adentro, como que espere un ratito que salía, pero yo ya no podía, se hacía tarde y no podía esperar. Me sentí un poco mal por eso. Quizás debí haber sido más valiente y quedarme, pero de verdad no pude. Por eso voy a ir otra vez, hasta que salga. Quiero estar cerca otra vez.

¿Dónde me había quedado…? Ah, sí, en que me había invitado, a un duelo, a mí. ¡¿Cómo pensabas que no tenía que ir?! ¡Con la emoción que sentía! No tenés idea de cómo estaba yo. Ya sé que vos ibas al lado mío, pero nunca lo vas a entender, nunca vas a sentir lo mismo. Nunca lo sentiste.

¡Qué rápido salió! Cuánto vértigo… Al principio pensaba que no íbamos a alcanzar su auto, pero en seguida estuvimos a la par, ¿te acordás? Tan cerca, tan a mano compartiendo nuestros caminos… No te podía hacer caso. ¿No veías que cada vez que aceleraba me invitaba!

Seguro recuerda ese momento.

Mi mano estirada, que casi le rozaba la puerta, su ventanilla baja que me llamaba, y que de pronto se cerró, retándome más. Su cara mirándome a mí y al frente al mismo tiempo. Imposible que se haya olvidado de eso, del taxista que me gritaba que el auto no le daba más y de mis manos que querían alcanzar el vidrio y bajarlo. Seguro se acuerda también de tus brazos, tirando fuerte de los míos, como queriendo impedir el contacto. ¿Qué sentiría en ese momento? ¿Habría imaginado alguna vez tanto amor, tanta devoción? Yo sentí que mis ojos por fin estaban haciendo justicia degustando los suyos tan cerca, esos ojazos que no paraban de mirarme y que me seguían retando, vidrio por medio, y me incitaban al duelo. Un duelo anhelado que no demoró en llegar, llevando consigo el segundo soñado, efímero como la felicidad, en que nuestros caminos coincidieron, colmándome de satisfacción plena. El encuentro que mucho habíamos esperado y que de pronto se hacía realidad; y mis huellas, que empezaban a marcar de a poco sus destinos. Quién podría olvidar ese relámpago de amor, tan corto como el recorrido entre un par de pilotines, en que su éxito comenzaba a ser también mío, y su goce, ahora compartido, se me colaba en el cuerpo a través de sus manos, que tocaban las mías derrotando la incertidumbre que nos daba la velocidad, y destruyendo el vidrio que nos separaba. Y vos, omnipresente como siempre, que no podías contenerme, y a esa altura ya deberías haber dejado de esforzarte. No lo ibas a lograr. ¡¡Por qué no lo entendiste!! ¡¡Por qué!! Por qué caíste en ese tiempo tan confuso, tan mío y nuestro en que la gloria se aunó con el ruido, y la memoria se excitaba con tanto por guardar. Y el taxista contagiado, que todavía me grita, que nuestras sendas se cruzarían en segundos, y que si seguía ya no podría volver. Y entonces siguió, y no volvió, y al cruzarse los caminos provocaron la peor de las paradojas, la del alejamiento después del cruce fugaz. Un alejamiento contenido por tu abrazo y tu protección, un alejamiento que truncaba el más intenso de los contactos… y entonces, como una pantalla de cine que se apaga, como el final de una obra póstuma… inundó la escena nuestro silencio repentino, envuelto en ruidos cerrados y confusos… y brotando de su corazón, como recompensa por tanto amor, la incandescencia de hierros que su vida comenzaba a regalarle para siempre a la mía; y desde lo más profundo de tu amor, incondicional y tonto amor, surgía heroica la coraza, desprendida y protectora, que tu cuerpo generoso le brindaba para siempre al mío, para que hoy esté bien y pueda venir a decírtelo, y a agradecértelo. Y mi deber que estaba siendo cumplido, quemando para siempre los halagos, derritiendo las risas y agitando los llantos, de ustedes y de los otros.

Las risas que ostentaban, y el llanto que ahora rompen, los otros, como vos, que habían llegado antes que yo, pero que no resistieron, y ya nunca llegarán a tocar su piel.”

Cuestión de Tiempo



Antes que me tomes por sorpresa

escaparé cuanto pueda.


Antes que me ganes la jugada

entre dientes escondida

te rendiré más de mil noches.


Antes que aventures humillarme

alardeando de tu logro

presumiendo tu victoria

dejaré seguro legado.


Antes que llegues a tu hora

demostrando otra vez

tu certera incertidumbre

tu voz lenta que me guía

atrasaré los relojes.


Ya quebrado ganarás mi pena

y tu lucha no será más mía.


Fiel a tu nombre, usurera

gozarás en estériles sollozos

más mi sangre pura y alumbrada

vedará del llanto tu razón.



Hasta vos pelearé por no encontrarte.



Pávida de vergüenza recibirás mi venganza

el día que estés cerca, la noche que me escape

antes que me lleves a tu parte

donde te piensan dueña

y te adoran señora

donde muchos te temen y algunos te veneran.



Me verás, te enfrentaré.



Y sufrirás mi poder.


Buenos deseos para 2012



Llega fin de otro año, y los deseos de felicidad, de paz, y especialmente de prosperidad, se multiplican.

Siempre me pareció que todos eso lindos deseos, más allá de las buenas intenciones, encierran sin querer algo de comodidad, sería como desear que todo llegue porque sí, del cielo, o del aire, como si la felicidad, la paz y la prosperidad, no dependiera solo de nosotros.

Por eso, desde mi humilde corazón, prefiero desearte, y desearme...

que este año pierdas la vergüenza de decirle "te quiero" a ese alguien que, si ya no estuviera, se lo dirías mirando al cielo

que visites a quien te necesita, aunque te vayas con dolor en los oídos

que te hagas tiempo para lo importante

que puedas darte cuenta de cuales son los verdaderos problemas, y cuales definitivamente NO

que te dejes de joder con el orgullo, que nada te da y muchísimo te quita

que entiendas por fin, que cada momento que pasás con tu corazón enojado, es un momento menos de vida plena

que solidaridad no sea solamente comprar una rifa

que ya no busques más excusas para negarle una moneda a un nene

que aprendas a decir "gracias, perdón, permiso, me equivoqué, te perdono, te entiendo", y todas esas palabras que suenan lindo en los demás, pero a veces cuesta incluir en el propio diccionario

que tu forma de vivir, de vestir, de pensar, de sentir, de amar, sean solo una forma más de vivir, de vestir, de pensar, de sentir, de amar, y no las únicas aceptables

que por fin puedas desarrollar tu tolerancia, y que entiendas que a vos también te toleran

que puedas ponerte en el lugar de los otros, aun cuando los otros no te agraden

que ya no necesites gritar

que a nadie más le hagas daño gritándole

que logres darte cuenta que todos nos equivocamos

que no tengas que arrepentirte

que la pasión y el empeño por tus hijos sea similar a la pasión y el empeño que pusiste al concebirlos

que cada noche te encuentre feliz por no haberle hecho daño a nadie

que cada mañana te despierte con ganas de vivir y ayudar a vivir

que el progreso de un amigo, de un compañero, o de un hermano, te inunde de alegría, y que te motive por superarte, nunca por envidia

que este año visites más amigos e invites más gente a tu casa

que no hables tanto de vos, y aprendas a escuchar

que puedas divorciarte de tu ego

que escuches las voces tu conciencia, y que tu conciencia no se equivoque

que una sonrisa te salga tan natural como respirar, y que creas que los demás son merecedores de tu sonrisa

que lances una felicitación con la misma fuerza con la que lanzás insultos

que ya no busques culpas, sino soluciones

que solo mires para adelante, o mejor, para ahora

que el presente nunca se transforme en un pasado que te condene

que el futuro sea solo el resultado de haber disfrutado el presente

que tu presente sea también el digno presente de los que te rodean

que la palabra prosperidad ya no se asocie con el dinero

que el dinero ya no lo asocies con la felicidad

que la felicidad venga asociada al amor entregado

que el amor siga siendo el motor incansable de la paz

Seguramente muchas de estos deseos ya se te cumplen, vamos entonces por los que todavía no, y estoy seguro que este año llegará lleno de felicidad, de paz, y de prosperidad

Por un 2012 mejor que 2011… y peor que el 2013

¡¡..Muy Feliz 2012 y Salud…!!

Pablo


Morenita



La simpatía y cariño de la pequeña Morenita los había conquistado desde el primer encuentro.

Cada vez que los visitaba en brazos de María, su mamá, el día se convertía en una fiesta donde ella era la reina.
Al ver a su hija tan mimada, María parecía descansar de penas.

Ellas vivían junto a sus cuatro hermanos, en una casilla humilde, húmeda y erosionada por los años sin trabajo. Una casilla que temblaba de frío en cada invierno y se incendiaba en los veranos. Perdida dentro de un barrio en el que era difícil distinguirla.
Su único medio de subsistencia lo aportaban los hijos grandes, a quienes la experiencia de la calle les había enseñado el oficio de pedir.
Era comprensible que María disfrutase tanto esos encuentros en que la alegría de ver a su hijita contenta, lograba aplacar por un rato las miserias que enfrentaba a diario.

Tal cual agua de deshielo, que hace camino en su deslizar, todo se dio con absoluta fluidez.
Alargando cada vez más las visitas, Morenita se fue quedando de a poco, y una tarde común, en que el olvido se apoderó de su sonrisa, María no fue a buscarla, y en menos que un suspiro, su mamá cambió de nombre, y su destino, de lugar.

La extrañó la primera noche, quizás la segunda, y desde la tercera ya nunca más supo de ese sentimiento.
Regresaba María cada tanto a visitarla, pero en cada despedida, con una naturalidad que abrumaba, y de la que nadie se atrevía a extrañarse, Morenita la saludaba con cariño, y la abrazaba con sonrisas, intuyendo quizás, que era lo mejor para ambas.

Como casi siempre, el reloj que mide la felicidad pasó demasiado rápido, y al poco tiempo, solo tres años, la pequeña Morenita enfermó.

A pesar del final abrupto, esas tres primaveras en su nuevo hogar, habían alcanzado para colmar por siempre los corazones de su segunda familia.

Tal vez destino, tal vez exceso de encanto, su alma inconclusa no aguantó, y se fue muy temprano, esperando, seguramente, un poquito más.



Hoy el salón rebalsa de gente que vino a acompañar.
Desde una esquina, errante y penosa, llega la voz de un genio con dotes de cantor que le ofrenda su "Virgen Morenita". En su versión más desgarradora.
Entre llantos y abrazos, su guitarra eleva plegarias tristes y acompaña el canto como quien respira un sollozo. Sus cuerdas vocales se estremecen y parecen tender puentes invisibles para aunarse con cada uno de los presentes.

María oprime inconscientemente su angustia.
Ella no sabe sufrir por estas cosas, la vida le ha enseñado que solo el hambre y algunos pocos dolores físicos, son dignos de ser sufridos.
Las penas del corazón no deben perdurar. No hay tiempo ni recursos para eso.
A su lado las dos hermanas mayores que el tiempo le había regalado a Morenita, quieren calmar su lamento intentando secarse una a otra las lágrimas.
Eternas e hirientes gotas que se escurren entre sus dedos y prosiguen su camino.
Al ver a las chicas tan abatidas, María cree entender el amor que sentían por su hijita, como si las tres hubiesen sido verdaderas hermanas de sangre.
La tristeza de esas niñas es tan genuina como contagiosa.
No le gusta verlas así. Y aunque su corazón es duro, el dolor de ellas parece calarle profundo.
Luego de un momento de aparente profunda reflexión, se acerca a las nenas y con voz trémula y bajita, casi al oído, casi con miedo, les ofrece, para consolarlas, si quieren quedarse con Alan, su hijo más chiquito, que es tan lindo y gracioso, como era Morenita.



Ojo por ojo



Agua bendita para el magnate

flores grises para el pocero

hojas de hierba para el poeta

y máscaras de hierro al cobarde


Mentira impiadosa al embustero

relojes para el tiempo perdido

joyas de la abuela a la abuela

y cargas al hombro a los verdugos.


Fruta madura a la experiencia

ríos turbios de sangre azul

media luna para el sol muriente

y nubes eternas para sus ojos.


Un perro delirante para el hueso

robada víctima del cuervo

y cuervos hambrientos para la carne

que el pasado prometió juzgar.